Las noches mejicanas by Gustave Aimard — Read

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A la puerta del palacio el aventurero halló su caballo, al que un soldado sujetaba por las bridas, y subiéndose inmediatamente sobre la silla, tiró una moneda al asistente, atravesó de nuevo la plaza Mayor y se internó en la calle de Tacuba.

A eso de las nueve de la mañana las calles estaban henchidas de viandantes, jinetes, coches y carretas que iban, venían y se cruzaban en todas direcciones; en una palabra, la ciudad ofrecía el animado aspecto de las capitales, el febril movimiento propio de los momentos críticos. En los semblantes de todos se reflejaba la turbación, todas las miradas traducían el recelo, todos hablaban en voz baja, todos veían un enemigo en el inofensivo extranjero que el acaso les ponía en su camino.

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