Las noches mejicanas by Gustave Aimard — Read

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Eran las dos de la tarde. No soplaba la más ligera bocanada de aire; la campiña parecía estar dormida bajo el peso de un sol de plomo, cuyos candentes rayos caían, cual cobre bruñido, sobre la sedienta tierra, y hacían brillar como otros tantos diamantes los guijarros micáceos de una carretera larga y tortuosa que serpenteaba describiendo infinitas sinuosidades al través de una árida campiña sembrada de rocas de un blanco plomizo por las cuales se despeñaba una ígnea cascada de luz deslumbradora.

La atmósfera, del todo transparente, como acontece en los climas privados de humedad, permitía distinguir, limpias y exactas, hasta el último término del horizonte, las diversas desigualdades del paisaje, con una crudeza de tonos y de pormenores que a causa de la falta de perspectiva aérea les imprimía una dureza entristecedora.

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