Las noches mejicanas by Gustave Aimard — Read

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La casita del Arrabal en la que doña Dolores había hallado tan seguro patrocinio, entre doña María y doña Carmen, aunque modesta y comparativamente muy poco importante, era una deliciosa habitación alhajada con sencillez suma pero con gusto exquisito. En la parte de atrás, cosa muy rara en la capital de Méjico, se extendía una pequeña, pero bien distribuida huerta, poblada de frondosos árboles que daban sombra y frescor y ofrecían gratísimo refugio contra los ardores del sol de mediodía.

En el corazón de uno de los fragantes bosquecillos que sombraban el huerto era donde se ocultaban las dos jovencitas para hablar con entera libertad y acompañar con sus argentinas carcajadas los alegres gorjeos de los pájaros.

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