Historia de la compañía de Jesús en Nueva España

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La provincia de Zacatecas, que dio el nombre a la ciudad, tiene al Norte la Nueva-Vizcaya, al Poniente las provincias de Culiacán y Chiametlán, al Sur las de Guadalajara, y al Oriente las tierras de Pánuco. Estas regiones, como las de Pánuco, Jalisco y Culiacán, las descubrió y conquistó Nuño de Guzmán, o según otros, Lope de Mendoza, a quien Nuño había dejado por su teniente en Pánuco, con orden de salir a descubrir por el lado del Poniente. La ciudad se fundó algunos años después con ocasión de sus ricas minas, en cuya explotación eran muy incomodados por los chichimecas, gente belicosísima, y que por armas no fue posible sujetar en muchos años. Los primeros pobladores de Zacatecas se dice haber sido Cristóbal de Oñate, que había acompañado en su expedición a Nuño de Guzmán y Diego de Ibarra. Aun después de poblado por los españoles el país no dejaron de hacer por muchos años continuas correrías los bárbaros que tenían infestados todos los caminos. Está situada la ciudad en 23 grados y 15 minutos de latitud septentrional24. La región es extremamente fría y seca, sumamente escasa de trigo, maíz y frutas, fuera de tunas de varias especies de que están cubiertos siempre los campos. El terreno es desigual y quebrado, penetrado todo de riquísimas vetas de plata. Al Norte tiene un alto monte que llaman la Bufa, de que nacen tres hermosísimas fuentes de muy bellas aguas. De esta ciudad salió por los años de 1554 don Francisco de Ibarra, por orden del excelentísimo señor don Luis de Velasco, el primero, al descubrimiento y población de las minas de Abiño, Sombrerete, San Martín, Nombre de Dios, el Fresnillo; y por medio de Alonso Pacheco, uno de sus más bravos oficiales, envió una colonia de españoles al valle de Guadiana, de que tuvo origen la ciudad de Durango, que después, erigida en obispado, fue capital de la Nueva-Vizcaya. El camino que hoy se trajina por Zacatecas, se dice haberlo abierto en los viajes de su limosna el venerable siervo de Dios fray Sebastián de Aparicio, religioso franciscano, cuya memoria respira aun en toda aquella tierra un olor de suavidad, ni menos la del venerable padre fray Antonio Margil, misionero apostólico del orden seráfico en la recolección de la Santa Cruz de Querétaro. El estático varón Gregorio López puso allí también los primeros fundamentos de aquella vida admirable, que después continuó por tantos años en Santa Fe, pequeño pueblo tres leguas al Oeste de México, en cuya catedral descansa su cuerpo. Los primeros que predicaron la fe de Jesucristo, y fundaron convento en este país, como en los más de la América, fueron los religiosos de San Francisco. El convento de Zacatecas fue erigido en cabeza de provincia en el capítulo general de Toledo, año de 1606.

La ennoblecen igualmente las familias de Santo Domingo, San Agustín, la Merced; San Juan de Dios, un colegio de misioneros apostólicos con la advocación de nuestra Señora de Guadalupe, que fundó el venerable fray Antonio Margil, colegio de la Compañía de Jesús, y un seminario de estudios de moderna fundación, a cargo de la misma Compañía. No faltaron perseguidores a los jesuitas que procuraron impedir su establecimiento sembrando rumores poco decorosos a su nombre; pero al paso que para herir se ocultaba la envidia, la evangélica simplicidad protegida de la inocencia, se manifestaba abiertamente de un modo que no es capaz de remedar la hipocresía, y que añadido a la estimación de lo más noble y lucido de la ciudad, bastó para que por sí mismas se disiparan aquellas calumnias, que como aves nocturnas no podían sostener la presencia de la luz.

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