Explore "Historia de la compañía de Jesús en Nueva España" by Francisco Javier Alegre on Textopian. Read with annotations and highlights.
Volviendo a lo interior del nuevo reino, (prosigue el mismo padre) es constante tradición entre los indios que habrá mil y quinientos años, los cuales cuentan como nosotros por el sol, que vino a esta su tierra del Oriente, un hombre venerable de color blanco, vestido talar, y cabello rubio hasta los hombros, que les predicó la verdadera ley y les enseñó a bautizar los niños, de que conservan hasta hoy la ceremonia de bañar los recién nacidos en el río. Dicen que caminaba en un camello, de que dan las señas puntuales, siendo así que nunca los hubo en esta tierra. Este hombre fue tenido de ellos en grande veneración, y refieren que cuando iba a predicar de unos pueblos a otros se le abrían las rocas y le formaban caminos llanos. Esta especie de calzadas, como las vías romanas, duran hasta hoy, y les llaman las carretas, y de ellas he visto dos. La una en un pueblo llamado Bojaca, de tres leguas de largo, muy ancha y pareja, y lo más de ella va por la ladera de una grande y áspera sierra. Verdaderamente si no - fue hecha con milagro, es de las obras más grandes que se pueden ver de la antigüedad. La otra es en un pueblo de Bogotá a cuatro leguas de la capital de Santa Fe, y de donde ella tomó el nombre. Tendrá legua y media de largo, y de ancho poco más de un tiro de piedra, tan pareja y derecha como si se hubiera hecho a cordel. Otras muchas hay en varias partes, a que los indios tienen tanta veneración, que aunque los españoles caminen por ellas, ellos se apartan a un lado, como lo he observado muchas veces. Las mayores están en la provincia de Sagamoso, donde es tradición que murió aquel hombre admirable, y que allí está su cuerpo y el del camello enterrados. Si esto no es fábula, se puede creer que los discípulos de los apóstoles hubiesen algunos pasado a estas regiones, como se refiere de los indios del Cuzco en el Perú, que tienen semejante tradición. Después dicen haberse aparecido entre ellos una mujer anciana que les predicó dogmas contrarios a los de aquel hombre santo, aunque ni de unos ni de otros dan razón. Dejó esta mujer cuatro hijos, llamados Cuza, Chibchacum, Bochica y Chiminiguagua. A estos como a su madre, que llamaron la diosa Bagué, erigieron templos y estatuas como a dioses, ofreciéndoles oro, esmeraldas, plumería, frutas, y todo cuanto lleva la tierra.
De aquí pasaron como los romanos a dar estos mismos honores a los que morían de sus caciques. A sus sacerdotes los creen descendientes del sol. A esta dignidad se preparan con grande ayunos y terribles penitencias. No son casados, y en habiendo llegado a mujer quedan contaminados e inmundos para no poder ejercer el ministerio de su sacerdocio. Este, como el principado secular, no pasa entre ellos de padres a hijos, sino de tíos a sobrinos. Tienen dioses abogados de todo, enfermedades, partos, frutas, guerra, sementeras. Los ídolos son de palo, piedra, algodón, pluma, y muchísimos de oro, de cuya destrucción ha habido más celosos que de los demás. A todos los ídolos llaman Tunjos, del nombre de un famoso cacique que lo dio también a la ciudad. Algunos traen al pecho una lámina de oro con los nombres de muchos de sus dioses, y a estas nóminas o listas llaman Chagualas.