Explore "Historia de la compañía de Jesús en Nueva España" by Francisco Javier Alegre on Textopian. Read with annotations and highlights.
Causó esto un inmenso júbilo en el corazón del adelantado; pero tuvo la mortificación de no poderlos llevar consigo a causa de no sé qué detención. El 28 de junio de 1566 salió del puerto de San Lúcar para Nueva-España una flota, y en ella a bordo de una urca flamenca nuestros tres misioneros. Navegaron todos en convoy hasta la entrada del Seno mexicano, donde siguiendo los demás su viaje, la urca mudó de rumbo en busca del puerto de la Habana. Aquí se detuvieron algunos días mientras se hallaba algún práctico que dirigiese la navegación a San Agustín de la Florida. No hallándose, tomaron los flamencos por escrito la derrota, y se hicieron animosamente a la vela. [Arriban a una cosa incógnita] O fuese mala inteligencia, o que estuviese errada en efecto en la carta náutica que seguían la situación de los lugares, cerca de un mes anduvieron vagando, hasta que a los 24 de setiembre, como a 10 leguas de la costa, dieron vista a la tierra entre los 25 y 26 grados al West de la Florida. Ignorantes de la costa, pareció al capitán enviar algunos en la lancha, que reconociesen la tierra y se informasen de la distancia en que se hallaban del puerto de San Agustín, o del fuerte de Carlos. Era demasiadamente arriesgada la comisión, y los señalados, que eran nueve flamencos, y uno o dos españoles, no se atrevieron a aceptarla sin llevar en su compañía al padre Pedro Martínez; oyó éste la propuesta, y llevado de su caridad, la aceptó con tanto ardor, que saltó el primero en la lancha, animando a los demás con su ejemplo y con la extraordinaria alegría de su semblante. Apenas llegó el esquife a la playa, cuando una violenta tempestad turbó el mar.
Disparáronse de la barca algunas piezas para llamarlo a bordo; pero la distancia, los continuos truenos y relámpagos, y el bramido de las olas, no dejaron percibir los tiros, ni aunque se oyesen seria posible fiarse al mar airado en un barco tan pequeño sin cierto peligro de zozobrar. Doce días anduvo el padre errante con sus compañeros por aquellas desiertas playas con no pocos trabajos, que ofrecía al Señor como primicias de su apostolado. Las pocas gentes del país, que habían descubierto hasta entonces, no parecían ni tan incapaces de instrucción, ni tan ajenas de oda humanidad, como las pintaban en Europa. Ya con algunas luces del puerto de San Agustín navegaban, trayendo la costa oriental de la Península hacia el Norte, cuando vieron en una isla pequeña pescando cuatro jóvenes. Eran estos Tacatucuranos, nación que estaba entonces con los españoles en guerra. No juzgaba el padre, aunque ignorante de esto, deberse gastar el tiempo en nuevas averiguaciones; pero al fin hubo de condescender con los compañeros, que quisieron aun informarse mejor. Saltaron algunos de los flamencos en tierra ofreciéronles los indios una gran parte de su pesca, y entre tanto uno de ellos, corrió a dar aviso a las cabañas más cercanas. Muy en breve vieron venir hacia la playa más de cuarenta de los bárbaros. La multitud, la fiereza de su talle, y el aire mismo de sus semblantes, causó vehemente sospecha en un mancebo español que acompañaba al padre, y vuelto a él y a sus otros compañeros, huyamos, les dijo, cuanto antes de la costa: no vienen en amistad estas gentes. Juzgó el padre movido de piedad, que se avisase del peligro, y se esperase a los flamencos que quedaban en la playa expuestos a una cierta y desastrada muerte. Mientras estos tomaban la lancha, ya doce de los más robustos indios habían entrado en ella de tropel, el resto acordonaba la ribera. Parecían estar entretenidos mirando con una pueril y grosera -7→ curiosidad el barco y cuanto en él había, cuando repentinamente algunos de ellos abrazando por la espalda al padre Pedro Martínez y a dos de los flamencos, se arrojaron con ellos al mar. [Muerte del padre Pedro Martínez] Siguiéronlos al instante los demás con grandes alaridos, y a vista de los europeos, que no podían socorrerlos desde la lancha, lo sacaron a la orilla. Hincó como pudo las rodillas entre las garras de aquellos sañudos leones el humilde padre, y levantadas al cielo las manos, con sereno y apacible rostro, expiró como sus dos compañeros a los golpes de las macanas.