Explore "Historia de la compañía de Jesús en Nueva España" by Francisco Javier Alegre on Textopian. Read with annotations and highlights.
La recluta de los nueve sujetos en que se había aumentado la nueva provincia, era la más a propósito del mundo para llevarla a su perfección, y darle todo aquel lucimiento, y todo aquel crédito de que se necesita por lo común en los principios de las grandes empresas. Se determinó como dijimos, que el padre Pedro de Hortigosa prosiguiese o comenzase de nuevo con la misma juventud el curso de artes que había comenzado el año antes el padre Pedro López. La profunda erudición de este insigne maestro, su prudencia y destreza en manejar los tirados de la América, y la emulación de los distintos seminarios, parecieron desde luego en las públicas funciones con aplauso de la real universidad y cabezas de la República, que se distinguieron en grandes demostraciones de sólido aprecio. El señor arzobispo, no pudiéndose resolver a que la luz de tanta doctrina se limitase a sola la juventud en los privados estudios del colegio, en que a muchos por sus ocupaciones o su carácter les sería imposible, o pudiera parecer indecorosa la asistencia; determinó que alguno de los padres leyese la teología moral en su mismo palacio. Escogió para esta importante ocupación al padre Pedro Sánchez, que en medio de los grandes afanes del gobierno de la Provincia, se encargó con gusto de un cuidado tan provechoso. Juntaba su ilustrísima todo su clero en días determinados, y asistía personalmente a oír de boca del padre los principios de la moral cristiana, las resoluciones de casos prácticos, que se proponían con la más humilde atención. Así debemos entender las palabras del maestro Gil González Dávila, en su Teatro eclesiástico de la América, cuando dice: «que este señor, deseoso del aprovechamiento de su clero, pidió del padre Pedro Sánchez leyese el catecismo en su palacio, y que el mismo arzobispo era de los oyentes». Sin duda por la palabra catecismo debió de entender, no precisamente la exposición de las doctrinas y artículos de nuestra fe, sino todo el fondo de la doctrina evangélica, aun en la parte que mira a los preceptos y obligaciones en que nos empeña la profesión del cristianismo. No contento aun este ejemplar prelado con una distinción tan ruidosa, reconociendo en las mismas conferencias morales la falta que le hacia el método, la precisión y el orden de la filosofía y la teología escolástica, quiso que el padre Hortigosa le leyese privadamente una y otra. Sin embargo del grande peso de la mitra, daba lugar bastante a este penosísimo género de literatura. Hacía muchas veces el honor de convidar a su mesa a algunos maestros de la universidad y de las religiones para gustar de su erudita conversación, y de las disputas escolásticas que hacía nacer con arte entre los manjares.
Esta especie de actos literarios era tal vez con más formalidades, retirándose a la granja de Jesús del Monte en tiempo de vacaciones, donde como uno de nuestros hermanos estudiantes se dedicaba enteramente a la tarea de lecciones, repeticiones, conferencias y demás ejercicios de la escuela. Raro ejemplo de sinceridad, que prueba bien cuánto la cristiana humildad es propia de las grandes almas. No fue tan fácil a la Compañía condescender a la honra que quiso hacerlo el señor virrey, como lo había sido dar gusto al ilustrísimo arzobispo. Intentó su excelencia que el curso de filosofía lo leyese el padre Hortigosa en la real universidad, y que allí mismo continuase después la teología. Muchas otras personas graves, y aun no pocos miembros del claustro, convenían en lo mismo; parte por hacer este honor a la religión; y parte por evitar los disturbios que pudieran nacer en la serie de los tiempos sobre el mutuo embarazo de unas y otras lecciones. Esta razón es por sí misma de tanto peso, que en fuerza de ella se ha visto después obligada la Compañía en tiempo de los reyes católicos don Felipe IV y don Carlos II; admitir las dos cátedras de prima y vísperas de que sus majestades se dignaron hacerle merced en las famosas universidades de Salamanca y Alcalá. Sin embargo, la modestia de nuestros primeros fundadores no se determinó a aceptar este honor, y para precaver las funestas consecuencias de una discordia entre los estudios, se resolvió ocurrir a su Majestad para que diese a nuestras escuelas un establecimiento sólido, y con que ponerse siempre a cubierto de cualquiera contraria pretensión; no porque hubiese entonces ni haya, habido después razón alguna de temerlo de parte de la real universidad, con quien se ha corrido siempre en una perfecta armonía, y que ha reconocido en nuestros estudiantes una entera sujeción a sus prudentísimos estatutos, y una materia fecundísima de sus mayores lucimientos. Uno y otro artículo, quiero decir, tanto el empeño de no admitir en la universidad cátedra alguna, como la subsistencia de los estudios públicos en el colegio máximo, ha sufrido en parte alguna variación que tendrá oportuno lugar en otro pasaje de nuestra historia. Pero ya que no se pudo omitir aquella honra, tampoco se pudo resistir a las grandes instancias con los señores arzobispo y virrey pretendieron que a lo menos los dos insignes maestros Pedro de Hortigosa y Antonio Rubio recibiesen el grado de doctores, como se ejecutó con grande aplauso y aceptación de todos los miembros de la real universidad, y singular honor de la Compañía.