Explore "Historia de la compañía de Jesús en Nueva España" by Francisco Javier Alegre on Textopian. Read with annotations and highlights.
En Oaxaca, muy desde sus principios, se había encargado la Compañía de la administración espiritual de un pueblo vecino a la ciudad que da su nombre el valle de Xalatlaco. Con esta ocasión eran muchos los indios que venían aun de otros pueblos a oír la palabra de Dios, y no menos abundante el fruto. En dicho lugar una india joven había sido por algún tiempo escandalosa red de muchas almas. Oyendo una de aquellas piadosas exhortaciones se confesó con extraordinarios afectos de compunción, y con tan eficaz deseo de enmendarse, como manifestó después con mucho mérito. En efecto, a pocos días la memoria de los pasados placeres comenzó a darle una guerra tan viva, que sin alguna tregua día y noche la ponía en un riesgo evidente de desesperar. Entregose por dirección del confesor a los ejercicios de la más áspera penitencia. Eran frecuentes y rigorosos sus ayunos, diarias y sangrientas sus disciplinas, continuo el silicio, fervoroso y humilde su recurso al Señor; sin embargo, aun no se apagaba la llama con que quería el cielo probar su fidelidad o inspirarle una saludable desconfianza. Se tomó el trabajo de subir descalza con una pesada cruz sobre los hombros el repecho de un monte bastantemente declive y fragoso. Se consagró al servicio del hospital, donde entre los ascos y los espectáculos más tocantes a la miseria humana, se le olvidase y borrase enteramente aquella molesta impresión del deleite. No hallando remedio en tantos piadosos ejercicios, determinó hacer, digámoslo así, el último esfuerzo del valor. Había entre los enfermos uno asquerosísimo, cuya cabeza encancerada era un manantial de podre y de granos. El hedor no era soportable aun a alguna distancia. La india afligida sentía en sí todo el horror de la naturaleza en solo acercarse a su lecho; pero animada de su mismo peligro, y llevada de un extraordinario impulso de la gracia, se arrojó a lamer la llaga hedionda, y lo que apenas se puede creer, perseveró en este ejercicio una semana entera, hasta que sacudió aquella peligrosa tentación. Acción admirable que aun en el grande apóstol de la India se hace mucho lugar a la atención, y que alcanzó de Dios, justo reconocedor del mérito, el singular privilegio de no sentir en lo de adelante las rebeldías de la carne.
A otra india principal le había atraído su hermosura la persecución de un noble y poderoso, a que había resistido con heroico valor algunos años. En tanto intervalo de tiempo, y en la cualidad del pretendiente, es fácil imaginar los artificios, las amenazas, las mediaciones y promesas que haría jugar para sus vergonzosos designios. Finalmente, a pesar del recreo y cuidado que ella ponía en robarse a sus ojos, hubo de lograr con no sé qué ocasión la de hablarle y preguntarle el motivo de tanta resistencia. La virtuosa doncella, que asistía con frecuencia a la explicación de la doctrina y a recibirlos sacramentos en nuestra iglesia; y qué, señor, le respondió, ¿no habéis oído decir a los padres que de que se llega a la santa comunión se hace un cuerpo con Jesucristo?, y ¿permitiréis que yo haga esta injuria al Señor que frecuentemente recibo, haciendo servir el mío a la deshonestidad? Estas graves palabras bastaron para contener a aquel libertino, y librarla para siempre de su importuno amor. Ni eran los indios solos los que se aprovechaban tan bellamente de aquellas fervorosas exhortaciones. Una señora de lo más noble del país, aunque lo manifestaba poco en su vida licenciosa, vino por este mismo tiempo a confesarse. Su amargo llanto daba bien a conocer las disposiciones de su espíritu. Había oído pocos días antes un sermón en que el predicador había ponderado con grande energía aquel texto de San Pablo, que el pecador vuelve a sacrificar al hijo de Dios. La imagen de Jesucristo, a quien le parecía había crucificado tantas veces, hizo por entonces mucha impresión en su alma; pero concurriendo poco después con aquel la misma persona que había sido hasta entonces el motivo de sus disoluciones, cedió fácilmente a su inclinación. Divertíase con él a deshoras de la noche en sus amatorias conversaciones, cuando repentinamente sin viento o alguna otra causa que pudiera ocasionarlo, se apagó la luz que los alumbraba. ¡Saludable obscuridad que fue todo el principio de su dicha! Determinó pasar a encender la luz a otra cuadra, y había de pasar forzosamente por una pieza grande obscura y sola. El suceso mismo de haber faltado la luz, que tenía no sé qué de maravilloso y extraordinario, el silencio de la noche, la oscuridad, el pavor tan natural a su seso, y más que todo, el mal estado de su conciencia, junto con la memoria de aquel pensamiento que poco antes había agitado su espíritu, todo esto, digo, le perturbó la imaginación de tal manera, que le pareció que veis, o vio en realidad, a Jesucristo clavado en la cruz y bañado en la sangre que corría de sus llagas aun recientes. Este espectáculo la deshizo en dulcísimas lágrimas, y vuelta al cómplice le suplicó por último favor que la dejase llorar las culpas que él había ocasionado; y hecha un sincera confesión, vivió después ejemplarmente el resto de sus días.