Explore "Historia de la compañía de Jesús en Nueva España" by Francisco Javier Alegre on Textopian. Read with annotations and highlights.
Es cierto que uno de los principales motivos de Felipe II, rey católico, en el designio de enviar jesuitas a las Indias fue la conversión de sus naturales, y que este es también el más sublime fin de nuestro santísimo instituto; pero según él mismo, las misiones deben agregarse a algunos colegios, que era preciso fundar desde el principio, donde en virtud y letras se formasen, conforme al espíritu de nuestra Compañía, misioneros aptos para ocuparse después en la reducción de los gentiles, lo que bastantemente declaró su Majestad en la real cédula al excelentísimo señor don Martín Enríquez, virrey de Nueva-España, mandándole que diese e hiciese a la Compañía todo el favor que riese convenir para su fundación, y les señalase sitios y puestos para casa e iglesia. Esta indispensable obligación embargó los primeros años toda la atención de los primeros sujetos que vinieron de Europa, sin dejarles lugar para instruirse en las lenguas de los indios. Fundados los primeros colegios luego se les vio aplicarse con ardor a este penoso ejercicio. Esto es lo que veremos comenzar con suceso en este mismo tiempo, y dentro de pocos años llenar de misioneros jesuitas las vastas regiones de Sinaloa, de Sonora, del Nayarict, de California, y derramar pródigamente su sangre por la salud de los bárbaros, dar a Jesucristo innumerables almas, levantar al verdadero Dios infinitas iglesias, y añadir juntamente inmensos países a la corona del mayor monarca de la tierra. Tal es el nuevo plan que breve se presentará a los ojos en el cuerpo de esta historia, y cuyos principios tuvieron la ocasión que vamos a referir había vacado el beneficio del pueblo de Huixquiluca, situado cuatro leguas al Oeste de México, y poco más de una legua de la hacienda de Jesús del Monte de que arriba hemos hablado.
Pareció al padre provincial enviar allá algunos sujetos para aprender la lengua otomí, una de las más universales y la más difícil de toda la América. El señor arzobispo condescendió gustosamente a una petición tan saludable a su rebaño. Se envió por superior al padre Hernán Juárez, y por maestro de lengua al padre Hernán Gómez, y con ellos otros doce sujetos. El padre Hernán Gómez había sido beneficiado de un partido semejante, y entrado en la Compañía se había distinguido mucho en la mortificación y celo de las almas. Estos catorce sujetos, sin más ejercicio que el de la oración y estudio de las lenguas, pasaban en aquel desierto una vida semejante a la de los antiguos anacoretas. La región es extremamente fría, la habitación muy estrecha para tantos. No quisieron admitir las obvenciones del beneficio vacante, aunque el padre Hernán Gómez administraba los sacramentos y ejercía con suma exactitud todos los oficios de párroco. Su ordinario sustento era el de los indios, sin probar pan sino de maíz, y con bastante escasez. Todo lo endulzaba el frecuente trato con Dios y el deseo de hacerse dignos instrumentos de su Majestad para la satisfacción de sus escogidos. Se redujo a arte aquella lengua bárbara, se compuso un copioso diccionario que ha sido después de grande alivio a todos los que han sucedido en este ejercicio. Con una aplicación tan constante, en tres meses se hallaron en estado de poder confesar en otomí, y explicar la doctrina cristiana a los ignorantes; estos eran tantos, que aun los más del mismo pueblo no tenían más de cristianos que el bautismo. En algunos había aun muchas reliquias de la antigua superstición. Determinaron los padres salir en peregrinación de dos en dos por los pueblos vecinos de la misma lengua. Estas expediciones eran de un sumo trabajo; se caminaba a pie y con suma pobreza por unos caminos escabrosos. En las poblaciones se juntaban los niños, se cantaba con ellos la doctrina, se hacían fervorosas exhortaciones, se visitaban los enfermos, que eran muchos, por permanecer aun en las cercanías algunas reliquias de la pasada epidemia.