Explore "Historia de la compañía de Jesús en Nueva España" by Francisco Javier Alegre on Textopian. Read with annotations and highlights.
Acaso desde los primeros pasos de la Compañía de Jesús en Nueva-España, se habrá ofrecido a alguno de nuestros lectores una duda a que no podemos pasar adelante sin dar una entera satisfacción. Donde que la caridad del señor don Alonso de Villaseca dotó tan opulentamente al colegio máximo, comenzaron a divulgar con arte algunos espíritus inquietos que aquella fundación no era conveniente en México. Que en el seno de una ciudad suficientemente abastecida de sacerdotes y ministros, jamás cumpliríamos nuestro instituto y con las órdenes de su Majestad que no había costeado tan liberalmente nuestro viaje a la América, sino para que nos ocupásemos en la conversión de los infieles, como lo expresaba en su real cédula. Estas sordas murmuraciones tomaron considerable cuerpo después que se vieron ir sucesivamente fundando algunos otros colegios. No conteniéndose en los límites de Nueva-España, pasaron a representaciones a su Majestad en el consejo real de las Indias. Efectivamente, a quien ignorase los motivos y principios de nuestra conducta, no podrían dejar de persuadir unas razones que parecían tener toda la verosimilitud y tanto peso. Los mismos jesuitas recién venidos a Nueva-España parecían haber entrado también en los sentimientos de nuestros émulos. Rehusaban la negligencia e inacción de los primeros fundadores en haberse contenido en el recinto de una u otra ciudad, y no haber corrido luego a llevar la luz del Evangelio a las regiones más remotas en que reinaba aun pacíficamente la idolatría. Sin embargo, no faltaron al padre doctor Pedro Sánchez razones muy fuertes que lo determinaron a tomar este partido, y que puedan en cualquier ánimo desapasionado poner bastantemente a cubierto de todas estas contrarias impresiones el crédito de aquellos primeros padres.
Ello es cierto que había mucha gentilidad cuando vino a México la Compañía; pero en todos los lugares accesibles al celo de los misioneros católicos, había ya muchos ministros de otras religiones que trabajaban en su conversión. Estos obreros evangélicos, siguiendo las huellas del Redentor y de sus primeros apóstoles, no habían escogido para sí sino la gente más infeliz y despreciada a los ejes del mundo. Se habían enteramente dedicado al cultivo de los indios, y condenádose por su salud a los más penosos trabajos. Entre tanto ni su ministerio ni su número les daba lugar para ocuparse en la educación de la juventud y en la reforma de las costumbres entre ley españoles. Este doble objeto era entonces de la mayor importancia. Estaba muy fresca aun la memoria, y se llora hasta hoy de cuanto estorbo fueron para la conversión de los indios la codicia y los desórdenes de algunos pocos europeos, y lo mucho que aun en lo temporal perjudicaron a la tranquilidad y provecho de estas conquistas. Nuestros fundadores se persuadieron que ayudando a la reforma de su propia nación, contribuirían mucho a la reducción de los indios y a su temporal felicidad. Por otra parte, con la instrucción de la juventud formaban dignos ministros de los altares de que aquellos tiempos había suma necesidad y proveían también a los otros órdenes regulares de sujetos aptos para ocuparse con honor de la religión en los empleos apostólicos. Provecho que dentro de pocos años se comenzó a sentir, y de que solo pudieron ser testigos los que lo habían sido de la escasez y de la ineptitud de muchos de los primeros curas que la necesidad obligó a poner encargo de tanta importancia. Dejamos de esto atrás un grande ejemplo en el primer sujeto que se recibió en esta provincia.