Historia de la compañía de Jesús en Nueva España

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El padre doctor Juan de la Plaza era el hombre más a propósito del mundo que se puede escoger para un empleo de tanta consecuencia. Juntaba a una grande sabiduría, una eminente virtud, mucha experiencia e íntimo conocimiento del espíritu de la Compañía. Se había hallado en Roma a tres congregaciones generales, y en la última en que fue electo el padre Everardo Mercuriano, tuvo también para general algunos votos; demostración que prueba bastantemente el concepto que se hacía de su mérito en aquella respetable asamblea. Por orden de la misma congregación se ocupó en rever las actas de ella, juntamente con los padres Claudio Acuaviva, Diego Juiron, Francisco Adorno y Gaspar Balduino, sujetos todos cuya memoria hace grande honor a nuestra religión. Comenzó su visita haciendo tomará muchos de los sujetos unos largos ejercicios, que él mismo se tomó el trabajo de darles con el mayor fervor y exactitud. Mandó observar algunos rigorosos ayunos, e impuso algunas otras penitencias. Es preciso confesar que no era este el remedio que demandaba el estado actual de la provincia. Presto conoció el varón de Dios que venía mal prevenido, creyendo que estaba muy resfriado en Nueva-España el uso santo de la oración y de las corporales asperezas. Se informó de los excesos que había en esta parte, y mudando enteramente de conducta, se aplicó luego a poner en ello la más prudente moderación. En efecto, las austeridades e irregular proceder del padre Alonso Sánchez habían incitado a muchos a seguir un ejemplo de que no eran capaces todos los espíritus y todas las fuerzas. Solía el padre aconsejar algunos modos de oración poco conformes a aquel divino método que la Compañía ha aprendido de su santo fundador, y muy expuesto a las ilusiones del propio y del maligno espíritu, mientras no los caracteriza una vocación particular del Señor, que tal vez fuera de toda regla y diligencia humana, eleva algunas almas puras al ósculo de sus labios en la más sublime contemplación. Esta dulce unión y transportes suavísimos de amor, eran frecuente materia de sus conversaciones, por los cuales se dejaba ya aquel arte metódico y seguro de mover con la meditación las potencias, y de observar aquellas menudas pero importantes adhesiones que nos dejó San Ignacio en el libro admirable de sus ejercicios. Por otra parte, se observó que el padre Sánchez, por aficionar los ánimos a la oración mental, hablaba de las oraciones bocales en estilo poco ventajoso, y con que el vulgo pudiera verlas con desprecio o tenerlas por inútiles. Esto se hizo más notable en algunos de sus sermones, los cuales, oyendo el ilustrísimo señor don Pedro Moya de Contreras, no pudo dejar de decir que la perfección cristiana, aunque altísima, no le parecía tan difícil como la pintaba el padre Sánchez.

Que la devoción de rezar el Padre nuestro y Ave María había sido siempre usada y venerada en la iglesia como sumamente provechosa, y aun para el pueblo necesaria. Con estas y semejantes especies, es fácil concebir la turbación e inquietud de las conciencias. Había ayudado en gran parte a esta revolución el padre Vicencio Lanuchi, el primero que como vimos, enseñó las letras humanas en el colegio de México, hombre amigo de novedades y demasiadamente pagado de su dictamen. Siendo maestro de retórica, intentó que no se leyese a la juventud los autores profanos. Procuró disuadirlo el padre provincial y que siguiese el estilo común de nuestras escuelas. No sosegándose aun, escribió a Roma, de donde se le respondió con fecha de 8 de abril de 1577: No conviene que se dejen de leer los libros gentiles siendo de buenos autores como se leen en todas las otras partes de la Compañía, y los inconvenientes que vuestra reverencia significa, los maestros los podrán quitar del todo, con el cuidado que tendrán en las ocasiones que se ofrecieren. Pretendió después volver a la Europa con pretexto de pasarse a la Cartuja, y se valió para esto de medios ajenos de nuestro instituto, mendigando la intercesión del regente de Sicilia que se hallaba en la corte de Roma. Estas particularidades sabemos por carta del padre general Everardo, fecha en 31 de enero de 1579. El padre Vicencio Lanuchi, dice, habiendo mostrado hasta ahora mucho contento de estar en esas partes, ahora ha hecho grande instancia para volver por acá, usando del medio de seculares, a quienes ha puesto por intercesores para esto. Vea vuestra reverencia la causa de esta novedad, y procure consolarle y ocuparle, supuesto que no conviene que acá venga. Cuando llegó esta carta ya el padre provincial Pedro Sánchez, importunado de sus ruegos, y viendo que en Nueva-España no podía ser de algún provecho, antes sí de un pernicioso ejemplo, lo había enviado para Europa. Sobre este asunto escribió así a nuestro padre general con fecha de 25 de febrero de 1590. De la venida del padre Vicencio Lanuchi, me ha pesado, no tanto por la falta que hará en esa provincia su ausencia, como por el ejemplo de otros flacos que no faltan, según vuestra reverencia me escribe. Efectivamente, con la ocasión del padre Lanuchi y el amor a la vida austera y solitaria que había encendido en los ánimos el padre Alonso Sánchez, se hallaron muchos tocados del mismo contagio. Como en una nueva provincia escasa de sujetos, era necesario que trabajaren todos igualmente en la salud de sus prójimos, comenzaron algunos a volver los ojos a la Europa y a extrañar la quietud de aquellos colegios, en que con menos interrupciones y trato exterior, podían darse más largamente a la oración, y entregarse a todos los excesos de la más rigorosa penitencia. Muchos pretendieron abiertamente pasarse a la Cartuja.

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