Historia de la compañía de Jesús en Nueva España

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Todo este desorden tuvo que remediar el padre Plaza, y lo consiguió con la mayor felicidad, mezclando con maravillosa prudencia la entereza y la dulzura, según las diversas circunstancias. El padre Lanuchi había ya pasado a Europa cuando vino el padre visitador, y por lo que mira al padre Alonso Sánchez, breve le proporcionó ocupación en que emplearse con más extensión y más honor de la Compañía, su celo y sus talentos. Acaso por este mismo tiempo había vuelto de la Europa el excelentísimo reverendísimo señor don fray Domingo de Salazar, del sagrado orden de predicadores, destinado del rey católico para primer obispo de Manila en las islas Filipinas. Este sabio y religioso prelado conoció desde luego todo el trabajo vinculado a aquella alta dignidad, en unas islas recién descubiertas, y en que apenas comenzaba a rayar la luz del Evangelio. Suplicó a su Majestad le permitiese llevar consigo algunos religiosos de la Compañía de cuyo celo, decía, por la salvación de las almas, de cuya utilidad para la Iglesia y fidelidad para con los reyes sus soberanos, podía seguramente prometerse los más felices sucesos en lo espiritual y temporal de aquellas recientes conquistas. Don Felipe II, por sí muy piadoso y singularmente afecto a nuestra Compañía, condescendió gustosamente, mandando que de la provincia de México se le diesen algunos sujetos de conocido espíritu y letras para fundar misiones en las nuevas islas, que a su constante protección, no menos que a la época feliz de su descubrimiento, debieron el nombre de Filipinas. Poco tiempo antes había pretendido esto mismo el excelentísimo señor don Martín Enríquez, como se ve por una carta de nuestro padre general fecha en 31 de enero de 1579, escrita al mismo señor virrey, que dice así: «Excelentísimo señor Por la relación que he tenido hasta aquí del padre Pedro Sánchez, y la que de fresco me ha dado el padre Pedro Díaz, entiendo la protección continua que vuesa excelencia tiene de las casas de nuestra Compañía, y las buenas obras que hemos recibido de su mano.

Mucho me ha consolado el buen suceso que el Señor ha dado hasta aquí a los ministerios nuestros, y la gran puerta que se abre para emplearnos según el fin de nuestra vocación. El padre Pedro Díaz lleva consigo buena provisión de gente, como la majestad católica me ha pedido, y he señalado algunos que puedan ir a las Filipinas, por haberme escrito de ella que vuesa excelencia lo desea. Es pero que como vuesa excelencia hasta aquí nos ha cuidado, así también lo hará de aquí en adelante, especialmente en lo que yo tanto deseo, de que sean los naturales socorridos como cosa tan propia de la misión de los nuestros a esas partes. Nosotros, como con la gracia divina procuramos de no faltar a nuestra obligación en esta empresa, así también procuraremos reconocer las obligaciones que tenemos a vuesa excelencia, a quien nuestro Señor guarde y prospere, etc.». El padre visitador Juan de la Plaza, en consecuencia de la real orden, señaló a los padres Antonio Sedeño y Alonso Sánchez, con el hermano Gaspar de Toledo, estudiante, y un coadjutor. La asignación del padre Alonso Sánchez, dio el lleno a la predicción que de su viaje a Filipinas había tenido algunos años antes, y aunque en las circunstancias pudiera parecer de alguno resolución nacida de la política y de la prudencia humana, el suceso mostró que era elección de Dios, y que aquel celo ardiente que lo consumía en el retiro de una vida privada, hallando entre los bárbaros una esfera y un pábulo proporcionado a su actividad, había de hacer de él un digno instrumento de la salvación de muchas almas. Seguiremos algún tanto en la Asia las huellas hermosas de estos ministros evangélicos: ni será de extrañar que siendo la provincia de Filipinas una extensión de la de México, e hija suya en el espíritu, extendamos la pluma más de tres mil leguas más allá de la América, pues tan lejos se dispararon sus saetas de salud, y volaron como benéficas nubes sus hijos apostólicos.

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