Sexus: La crucifixión rosada 1 by Henry Miller

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Dos o tres días después, me encontré con Mara por primera vez en pleno día. Estaba esperándola en la estación de Long Island, en Brooklyn. Eran las seis de la tarde aproximadamente, hora de verano, extraña hora punta soleada que anima una cripta tan sombría como la sala de espera del ferrocarril de Long Island. Estaba parado junto a la puerta, cuando la avisté cruzando los raíles del tranvía bajo el ferrocarril elevado; la luz del sol se filtraba a través de la espantosa estructura en haces de oro en polvo. Llevaba puesto un vestido de muselina que hacía parecer aún más opulenta su figura llenita; la brisa soplaba ligera por entre su brillante cabello negro y acariciaba su cara grave y pálida cual tiza como el rocío de las olas al salpicar un acantilado. En aquel paso rápido y ágil, tan seguro, tan vivo, sentí el animal aflorando a través de la carne con gracia florida y frágil belleza. Ése era su yo diurno, un ser vigoroso y sano que se vestía con la mayor sencillez y hablaba casi como una niña.

Habíamos decidido pasar la tarde en la playa. Temía que hiciera demasiado fresco para ella con aquel vestido ligero, pero dijo que nunca notaba el frío. Nos sentíamos tan felices, que las palabras nos salían como un balbuceo. Nos habíamos apretujado en el compartimento del conductor y nuestros rostros, que casi se tocaban, resplandecían con los ardientes rayos del ocaso. ¡Qué diferente aquel viaje sobre los tejados del mío, angustioso y triste, aquel domingo por la mañana, cuando me dirigía a su casa! ¿Era posible que en tan corto espacio de tiempo pudiera el mundo adquirir un color tan distinto?

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