Explore "Sexus: La crucifixión rosada 1" by Henry Miller on Textopian. Read with annotations and highlights.
Y ahora es el sábado por la tarde, el sol brilla vivido y fuerte, y estoy sorbiendo un claro té chino en el jardín del Dr. Wuchee Hachee Tao. Acaba de entregarme un largo poema sobre la Madre escrito en papel de triquitraque. Su aspecto es el de un tipo de hombre superior. y no demasiado comunicativo. Me gustaría preguntarle algo sobre el Tao original, pero resulta que en ese momento del tiempo, hablando retrospectivamente, todavía no he leído el Tao te King. Si lo hubiera leído, no necesitaría hacerle pregunta alguna. ni con toda probabilidad estaría sentado en este jardín esperando a una mujer llamada Mara. Si hubiese sido lo bastante inteligente como para leer ese libro, uno de los ejemplos más ilustres y elípticos de la sabiduría antigua, me habría librado de muchos infortunios que me sobrevinieron y que ahora estoy a punto de relatar.
Sentado en el jardín, en 17 a. C., mis pensamientos son totalmente diferentes de éstos. Para ser del todo franco, no puedo recordar ni uno sólo de aquel momento. Recuerdo vagamente que no me gustó el poema sobre la Madre: me pareció un puro disparate. Y, lo que es más, no me gustaba el chino que lo escribió: eso lo recuerdo con toda claridad. Sé también que me estaba poniendo furioso porque empezaba a parecer que me había dado otro plantón. (Si hubiera absorbido un poco de Tao, no habría perdido la paciencia. Me habría quedado allí sentado y satisfecho como una vaca, agradecido de que brillara el sol y de estar vivo). Hoy, mientras escribo esto, no hay sol ni Mara y, aunque todavía no he llegado a ser una vaca satisfecha, me siento muy vivo y en paz con el mundo.