Sexus: La crucifixión rosada 1 by Henry Miller

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La tarde siguiente mi viejo amigo Stanley viene a visitarme. Maude detesta a Stanley, y con razón, porque, cada vez que éste la mira, la derriba con una maldición silenciosa. Su mirada lo indica con toda claridad: «Si tuviera a esa puta en mi casa, ¡cogería el hacha y la cortaría en pedazos! ». Stanley está lleno de odios ocultos. Tiene el mismo aspecto delgado y fuerte que cuando salió de la caballería en Fort Oglethorpe hace años. Lo que busca es algo que matar. Me asesinaría a mí, su mejor amigo, si pudiera hacerlo impunemente. Está reñido con el mundo, verde hasta la bilis de odio y venganza acumulados. Para lo que viene es para asegurarse de que no hago progresos, de que me hundo cada vez más. «Nunca llegarás a nada», dice. «Eres como yo: eres débil, no tienes ambición». Tenemos una ambición en común, que no tomamos en serio: la de escribir. Hace quince años, cuando nos escribíamos cartas, teníamos más esperanzas. Fort Oglethorpe fue un buen lugar para Stanley; lo convirtió en un borracho, un tahúr, un ladrón. Eso hacía que sus cartas fueran interesantes. Nunca trataban de la vida militar, sino de escritores exóticos y románticos a los que intentaba imitar, cuando escribía. Stanley no debería haber regresado nunca al norte; debería haberse apeado del tren en Chickamauga, haberse envuelto en hojas de tabaco y en estiércol de vaca, y haber tomado por esposa a una india. En lugar de eso, volvió al norte, a la funeraria, conoció a una polaca gorda y de ovarios fértiles, cargó con una ristra de polaquitos, e intentó en vano escribir de pie sobre los baldes de la cocina. Stanley raras veces hablaba de algo en presente; prefería tejer historias increíbles sobre los hombres que amó y admiró en el ejército.

Stanley tenía todos los defectos de los polacos. Era presumido, mordaz, violento, falsamente generoso, romántico como un plumífero muerto de hambre, leal como un tonto y, para colmo, traidor. Por encima de todo, estaba simplemente corroído por la envidia y los celos.

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