Sexus: La crucifixión rosada 1 by Henry Miller

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Mientras los trámites del divorcio seguían su curso, los acontecimientos se acumularon como al final de una época. Sólo faltaba una guerra para acabarla de rematar. En primer lugar, a las Satánicas Majestades de la Compañía Telegráfica Cosmodemónica les había parecido oportuno trasladar mi cuartel general una vez más, aquella vez al último piso de un antiguo almacén en un barrio industrial. Mi escritorio se encontraba en el centro de un enorme piso desierto que la brigada de repartidores utilizaba después de las horas de trabajo como sala de instrucción. En la habitación contigua, igualmente grande y vacía, establecieron una combinación de clínica, dispensario y gimnasio. Lo único que hacía falta para completar el cuadro era la instalación de unas cuantas mesas de billar. Algunos de aquellos chorras se llevaban sus patines para pasar los «períodos de descanso». Armaban un alboroto infernal todo el día, pero a mí me interesaban tan poco entonces los planes y proyectos de la compañía, que, lejos de molestarme, me divertía enormemente. Entonces estaba totalmente aislado de las demás oficinas. El espionaje había cesado; yo estaba en cuarentena, por decirlo así. Las contrataciones y despidos seguían como en un sueño; mi personal había quedado reducido a dos miembros; yo y el exboxeador que antes había estado a cargo del guardarropas. Yo no hacía esfuerzos por mantener los archivos en orden ni investigaba las referencias ni mantenía correspondencia alguna. La mitad de las veces ni me molestaba en contestar al teléfono; si había algo muy urgente, podía recurrir al telégrafo.

La atmósfera del nuevo local era claramente de demencia precoz. Me habían relegado al infierno y yo me lo estaba pasando en grande. En cuanto me libraba de los candidatos de la jornada, me iba a la habitación de al lado a observar las payasadas. De vez en cuando me ponía unos patines y daba una vuelta con aquellos tontainas. Mi ayudante me miraba con desconfianza, incapaz de comprender lo que me había ocurrido. A veces, a pesar de su austeridad, sus «principios» y otros elementos psicológicos desmerecedores, soltaba una carcajada que se prolongaba hasta el borde de la histeria. En cierta ocasión me preguntó si tenía «problemas en casa». Temía que el paso siguiente fuera la bebida, supongo.

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