Sexus: La crucifixión rosada 1 by Henry Miller

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El día del juicio me presenté ante el tribunal con talante alegre y altanero. Todo había quedado acordado de antemano. Lo único que tenía que hacer era alzar la mano, pronunciar un juramento estúpido, reconocer mi culpabilidad y aceptar el castigo. El juez parecía un espantapájaros con prismáticos lunares; sus negras alas aleteaban lúgubres en el silencio de la sala. Parecía ligeramente molesto con mi serena complacencia; no reforzaba la ilusión de su importancia, que era absolutamente nula. Yo no podía distinguirlo de la barandilla de metal ni de la escupidera. La barandilla de metal, la Biblia, la escupidera, la bandera americana, el secante de su mesa, los matones de uniforme que preservaban el orden y el decoro, los conocimientos que estaban escondidos en las células de su cerebro, los mohosos libros de su despacho, la filosofía en que se basaba toda la estructura de la ley, las gafas que llevaba, sus calzoncillos, su persona y su personalidad, todo el conjunto era una colaboración absurda en nombre de una máquina ciega que me importaba tres cojones. Lo único que deseaba era saber que estaba libre definitivamente para meter la nariz en la trampa otra vez.

Todo se sucedía como en el juego de las tres en raya, una cosa anulando otra, y al final, naturalmente, la ley aplastándote, como si fueras una chinche gruesa y jugosa, cuando de pronto advertí que me estaba preguntando si estaba dispuesto a pagar regularmente determinada cantidad de pensión para el resto de mis días.

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