Sexus: La crucifixión rosada 1 by Henry Miller

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Unos minutos después, cuando deambulábamos a la luz violeta del crepúsculo, vi el ghetto con ojos nuevos. Hay noches de verano en Nueva York en que el cielo es azul puro, en que los edificios son inmediatos y palpables, no sólo en su sustancia, sino también en su esencia. Esa luz sucia y estirada que sólo revela la fealdad de las fábricas y de las viviendas sórdidas desaparece muchas veces con el crepúsculo, el polvo se posa, los contornos de los edificios se vuelven más claros, como el perfil de un ogro a la luz de un reflector de calcio. Aparecen palomas en el cielo moviéndose por encima de los tejados. Surge una cúpula, a veces de una casa de baños turcos. Siempre está la majestuosa sencillez de St. Marks-on-the-Bouwery, la gran plaza extranjera en que desemboca la Avenida A, los bajos edificios holandeses sobre los que asoman los rojizos depósitos de gas, las íntimas calles laterales con sus incongruentes nombres americanos, los triángulos que llevan el sello de señales antiguas, la zona portuaria con la ribera de Brooklyn tan cercana, que casi puede uno reconocer a la gente que camina por el otro lado. Todo el encanto de Nueva York se concentra en esa zona pululante, delimitada por formaldehído y sudor y lágrimas. Nada es tan familiar, tan íntimo, tan nostálgico para el neoyorquino como ese distrito que menosprecia y rechaza. Todo Nueva York debería haber sido un vasto ghetto: se habría drenado el veneno, se habría repartido la miseria; se habría comunicado la alegría por todas las venas y arterias. El resto de Nueva York es una abstracción; es frío, geométrico, rígido como rigor mortis y, podría también añadir, demencial. en caso de que pueda uno quedarse aparte y mirarlo impertérrito. Sólo en la colmena puede encontrarse el contacto humano, encontrarse esa ciudad de vistas, sonidos, olores que uno busca afanosamente y en vano más allá de los límites del ghetto. Vivir fuera de ese recinto es languidecer y morir. Más allá de sus límites sólo hay cadáveres endomingados. Cada día les dan cuerda, como a los despertadores. Actúan como focas; mueren como recaudaciones de taquilla. Pero en el hirviente panal hay un crecimiento como de plantas, un calor animal casi sofocante, una vitalidad que aumenta con tanto rozarse y aglutinarse, una esperanza que es tan física como espiritual, una contaminación que es peligrosa pero saludable. Almas pequeñas quizá, ardiendo como cirios, pero ardiendo constantemente. y capaces de arrojar sombras portentosas sobre los muros que las confinan.

Camina por cualquier calle a la suave luz violeta. Deja la mente en blanco. Mil sensaciones te asaltan al instante desde todas las direcciones. Aquí el hombre todavía lleva pieles y plumas; aquí el quiste y el cuarzo todavía hablan. Hay edificios audibles, volubles, con viseras de palastro y ventanas que sudan; lugares de adoración también donde los niños se cuelgan por los atrios como contorsionistas; calles rodantes, ambulantes, en que nada permanece inmóvil, nada está fijo, nada es comprensible excepto con los ojos y la mente de un soñador. Calles alucinantes también, en que repentinamente todo es silencio, todo está desierto, como si acabara de pasar una plaga. Calles que tosen, que palpitan como una sien febril, calles para morir en ellas y que ni un alma se dé cuenta. Calles extrañas, aromáticas, en que la esencia de rosas se mezcla con el acre olor del puerto y la escalonia. Calles con zapatillas, que reverberan con las palmadas y palmetazos de pies perezosos. Calles procedentes de Euclides, que sólo pueden explicarse con lógica y teoremas.

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