Sexus: La crucifixión rosada 1 by Henry Miller

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Cleo seguía haciendo furor en el teatro de variedades de Houston Street. Se había convertido en una institución, como Mistinguette. Es fácil entender por qué fascinaba a aquel auditorio que los emprendedores hermanos Minsky congregaban todas las noches en su sala de espectáculos. Bastaba con pararse junto a la taquilla antes de la función de la tarde, cualquier día de la semana, y observar el continuo chorreo de espectadores. Por la noche era una multitud más refinada, procedente de todas las partes de Manhattan, Brooklyn, Queens, el Bronx, Staten Island y Nueva Jersey. Hasta Park Avenue aportaba clientela, por la noche. Pero a la vivida luz del día, con la marquesina como picada de viruelas y la iglesia católica contigua tan sucia, desolada, tan miserable, con el cura siempre de pie en la escalinata, rascándose el culo para mostrar su disgusto y desaprobación, se parecía mucho a la representación de la realidad que la esclerótica mente de un escéptico idea, cuando intenta explicar por qué no puede haber Dios.

¡Qué de veces merodeé por la entrada del teatro, buscando con ojos ávidos a alguien que me dejara unos centavos para completar el precio de la localidad! Cuando estás sin trabajo, o demasiado asqueado como para buscar trabajo, es infinitamente mejor sentarte en una platea hedionda que quedarte horas de pie en un urinario público. simplemente porque se está calentito. El sexo y la pobreza van de la mano.

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