Ocampo by Manuel Acuña — Read

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«¡Allá! .» se dijo, y extendiendo al aire / las gigantescas plumas, / con la mirada fija en los fulgores / que a través de las brumas / conducen en su vuelo a los condores, / subió asentando la atrevida garra / sobre la cumbre inmensa, / donde el mundo genésico concluye / y se levanta el mundo del que piensa; / sobre la blanca cima de esa roca / cuyas piedras de mármol y granito / se alzan entre lo azul del infinito, / de pedestal sublime al que las toca; / allí donde se encienden los Tabores / con su grandiosa y santa refulgencia / al resonar del cántico que entona / como un grito de alarma la conciencia.

Subió, llegó, y al extender los ojos, / sobre la turba de hombres. que germinaba de sus pies debajo, / anhelando mirar lo que es un pueblo / que marcha por la senda del trabajo, / en vez de la ilusión de su utopía, / halló un pueblo de libres / envuelto del incienso entre el aroma, / Y enlazando a su cuello esa cadena / cuyo eslabón primero empieza en Roma; / halló la libertad aprisionada / entre los negros muros del convento, / y un más-allá de luto y de tinieblas / marcando el hasta-aquí del pensamiento; / al Dios-dulzura convertido en otro / de sangre y de venganza, / al Dios creador entrando en la pelea / con el rojo puñal de la matanza; / y gozando al murmullo de los salmos / y gozando al gemir de la agonía, / al Dios que sólo quiere en sus altares / los himnos del amor y la poesía.

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