Las aventuras de Tom Sawyer by Mark Twain — Read

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Volvamos ahora a las aventuras de Tom y Becky en la cueva. Corretearon por los lóbregos subterráneos con los demás excursionistas, visitando las consabidas maravillas de la caverna, maravillas condecoradas con nombres un tanto enfáticos, tales como «El Salón», «La Catedral», «El Palacio de Aladino» y otros por el estilo. Después empezó el juego y algazara del escondite, y Becky y Tom tomaron parte en él con tal ardor, que no tardaron en sentirse fatigados; se internaron entonces por un sinuoso pasadizo, alzando en alto las velas para leer la enmarañada confusión de nombres, fechas, direcciones y lemas con los cuales los rocosos muros habían sido ilustrados -con humo de velas. Siguieron adelante, charlando, y apenas se dieron cuenta de que estaban ya en una parte de la cueva cuyos muros permanecían inmaculados. Escribie- ron sus propios nombres bajo una roca salediza, y prosiguieron su marcha. Poco después llegaron a un lugar donde una diminuta corriente de agua, impregnada de un sedimento calcáreo, caía desde una laja, y en el lento pasar de las edades había formado un Niágara con encajes y rizos de brillante a imperecedera piedra.

Tom deslizó su cuerpo menudo por detrás de la pétrea cascada para que Becky pudiera verla iluminada. Vio que ocultaba una especie de empinada escalera natural encerrada en la estrechez de dos muros, y al punto le entró la ambición de ser un descubridor. Becky respondió a su requerimiento. Hicieron una marca con el humo, para servirles más tarde de guía, y emprendieron el avance. Fueron torciendo a derecha a izquierda, hundiéndose en las ignoradas profundidades de la caverna; hicieron otra señal, y tomaron por una ruta lateral en busca de novedades que poder contar a los de allá arriba. En sus exploraciones dieron con una gruta, de cuyo techo pendían multitud de brillantes estalactitas de gran tamaño.

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