Las aventuras de Tom Sawyer by Mark Twain — Read

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Transcurrió la tarde del martes y llegó el crepúsculo. El pueblecito de San Petersburgo guardaba aún un fúnebre recogimiento. Los niños perdidos no habían aparecido. Se habían hecho rogativas públicas por ellos y muchas en privado, poniendo los que las hacían su corazón en las plegarias; pero ninguna buena noticia llegaba de la cueva. La mayor parte de los exploradores habían abandonado ya la tarea y habían vuelto a sus ocupaciones, diciendo que era evidente que nunca se encontraría a los desaparecidos. La madre de Becky estaba gravemente enferma y deliraba con frecuencia. Decían que desgarraba el corazón oírla llamar a su hija y quedarse escuchando largo rato, y después volver a hundir la cabeza entre las sábanas, con un sollozo. Tía Polly había caído en una fija y taciturna melancolía y sus cabellos grises se habían tornado blancos casi por completo. Todo el pueblo se retiró a descansar aquella noche triste y descorazonadora.

Muy tarde, a más de media noche, un frenético repiqueteo de las campanas de la iglesia puso en conmoción a todo el vecindario, y en un momento las calles se llenaron de gente alborozada y a medio vestir, que gritaba: «¡Arriba, arriba! ¡Ya han aparecido! ¡Los han encontrado!» Sartenes y cuernos añadieron su estrépito al tumulto; el vecindario fue formando grupos, que marcharon hacia el río, que se encontraron a los niños que venían en un coche descubierto arrastrado por una multitud que los aclamaba, que rodearon el coche y se unieron a la comitiva y entraron con gran pompa por la calle principal lanzando hurras entusiastas.

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