Explore "Ulises criollo" by José Vasconcelos on Textopian. Read with annotations and highlights.
En el Juzgado duré poco porque mi jefe Uriarte, «ascendido» de pronto a senador, abrió bufete y me llevó consigo. El porfirismo sometía a sus fieles a la disciplina de la humildad. El licenciado Uriarte, cincuentón provinciano, acomodado, sobrino y heredero de un obispo, sirvió largos años en el humilde Juzgado de lo Civil, de la capital, hasta que la mano todopoderosa del Caudillo premió su fidelidad con un puesto en el Senado. Tras la prueba de la obediencia, ahora entraba en la del servilismo. En la Alta Cámara se halló de colega a otro provinciano, sólo que iletrado y adusto: el señor Carranza, que, nada soñador, ni sospechaba que un día ya próximo, iba a resultar revolucionario. No se toleraba a los senadores otra actividad que poner la firma sobre los decretos que periódicamente mandaba don Porfirio. Por eso, los que tenían profesión la ejercían: Carranza, indocto, dedicaba sus ocios a la lectura del México a través de los siglos, especializándose en los métodos gubernamentales de Santa Anna: nada de contabilidad científica a lo porfiriano; las aduanas, a los compadres, y en materia de cuentas, ni pedirlas ni rendirlas.
Por su parte, don Jesús Uriarte se creó una clientela jurídica reducida, pero adinerada, y emprendió negocios un tanto usurarios, pero legítimos y seguros. Por ejemplo: compraba una casa en remate judicial, mínima postura; la repintaba y la vendía en el doble. Los senadores del tipo Carranza nunca renunciaban sus cargos; porque no teniendo capacidad para el trabajo, jamás se hubieran dado posición propia ventajosa. Don Jesús Uriarte pudo renunciar y seguir obteniendo ganancias en su profesión. Pero el funcionarismo porfirista, aparte de burocracia, había llegado a constituir una especie de nobleza codiciada, aun por los capitalistas. Confería privilegios negados al común de los mortales y garantizaba la seguridad personal. Daba patente de impunidad y gloria cortesana. Muchos funcionarios porfiristas fueron honorables. A muchos de ellos despidió Carranza en su época porque no se avenían al estilo nuevo de rapiña y desorden. Pero cuidaba siempre don Porfirio de mezclar, a los ocho jueces de la capital, a los veinte magistrados de la Suprema Corte, dos o tres reconocidos bribones de que se valía para forzar sentencias en los casos que le convinieren. Los «honrados» se doblegaban consolándose con no ser los autores, sino apenas encubridores de la corrupción de la justicia. De los concusionarios y serviles decía el Caudillo, en su léxico de estadista romo y vulgar, que eran el «retrete» necesario en toda casa. Por lo demás, a diario, las víctimas del civismo eran arrancadas de sus hogares para el fusilamiento sin que jamás protestase ningún magistrado. El mismo silencio que ha vuelto a amparar al callismo sellaba ya los labios de los jueces de la Suprema Corte. Y el mismo don Jesús, incapaz de vender la justicia, hubiera sido también incapaz de renunciar, así lo hubiese nombrado «policía honorario» el Caudillo.