CAPÍTULO 9393
Desgarramiento irremediable
CAPÍTULO 9393Visible text2 paragraphs
Pasaban atareados y dichosos los días. Aumentaba la buena clientela profesional, y con ella, de un modo seguro, sin precipitación ni compromisos, las entradas. Las noches las dedicaba ahora a las conversaciones y las juntas de Partido. Sin proponérnoslo, y casi sin darnos cuenta de ello, resultábamos figuras nacionales, atento todo el mundo a nuestras ocurrencias y a nuestros yerros. En mi casa había esa paz provisional que establece una prosperidad recién llegada y todavía no muy abundante. Vivíamos unidos y laboriosos; Lola tenía un novio serio; Chole rezaba; Samuel estudiaba, y esperábamos a Carlos. Le había escrito ya, enviándole algún dinero; pero no se daba prisa; contestaba dando plazos por lo demás muy próximos. Una mañana abrí la correspondencia, todavía en cama, y me encontré con la carta de uno de los compañeros de mi hermano ausente. Recomendaba que se mandara por Carlos en seguida: su sacrificio era estéril. él no quería darse cuenta. urgía. Sin imaginarme en concreto qué era lo que pasaba, aquella noticia me fulminó. Algo terrible, irremediable, quedó ya suspendido sobre nuestra quietud. Ese mismo día por cable remití los fondos necesarios para el viaje de Carlos insistiéndole que se apresurara. Respondió en seguida pero advirtiendo que vendría por mar, porque el médico prohibía el viaje por tierra. Todavía me alegró, sin mucha convicción, la idea de que en esa forma se divertiría a su paso por la Habana. Dos semanas más tarde lo recibimos temprano en la estación de Buenavista por el tren de Veracruz. Me costó trabajo reconocerlo entre la gente que bajaba del vagón. Apenas tuvo fuerzas para corresponder a nuestros abrazos, sonreía con una sonrisa dulce y triste, hablaba ya en tono bajo de enfermo y traía una palidez mortal. Entre sus finos labios, ya sin sangre, se le veían los dientes alargados, amarillentos. Daba la impresión de un fantasma. Nuestro Carlos se había deshecho y llegaba apenas su sombra. Metiéndome entre la gente para ocultar las lágrimas, hubiera querido echar a correr, con esa desesperada, inútil carrera del que huye de sí mismo y de su propio remordimiento y laceración. Reunida la familia a la salida del andén, subimos al auto que nos llevaba a Tacubaya y yo retenía las palabras por miedo de echarme a llorar. En vano buscaba frases de consuelo, promesas, una esperanza.
El valle de México, por José María Velasco
