CAPÍTULO 100100
La amistad
CAPÍTULO 100100Visible text2 paragraphs
Había encontrado el amor y no abandonaba la amistad, aunque a menudo la hiciese a un lado urgido de dedicar toda la atención al milagro que estaba viviendo. Adolfo Valles era mi confidente y amigo. Lo había sido desde los días agitados de las conspiraciones contra el porfirismo. Desde Jurisprudencia gozaba fama de lealtad, elegancia y valentía. Alto, flaco, enjuto de rostro, nariz grande, ojos dulces y ademán apuesto, era un tipo de mosquetero criollo del Norte mexicano. Esgrimista y orador, durante muchos años mantuvo plaza de campeón de sable y de presidente de debates del jurado popular. Su talento despejado, su tolerancia y honestidad lo hacían insustituible como juez. La afición a los paseos por el bosque nos había juntado. En la conversación era discreto, lo mismo en temas de filosofía que en asuntos mujeriles y mundanos. Una experiencia prematura y el trato de los buenos libros le habían dado equilibrio y benevolencia. Vivía resignado después de dilapidar en placeres fáciles, primero la herencia del padre, después la de la madre. Escéptico en política, servía los cargos de Gobierno con honradez y alimentaba la bella prole que le crecía cada año. Conocedor de hombres, no se hacía ilusiones sobre la situación de la República. Colaboró en el porfirismo con lealtad, sin desconocer sus yerros y sin cortar amistades que, como la mía, de pronto se le habían vuelto comprometedoras. Casi siempre la razón estuvo de su parte en nuestras discusiones. Por ejemplo: bajábamos una mañana por la calzada de Tacubaya, en vísperas del levantamiento maderista. Pasó don Porfirio en su carruaje, acompañado de dos ayudantes, y saludó, como lo hacía cada vez que encontraba conocidos o amigos. Respondió Valles cortésmente, levantando el sombrero; pero yo tomé la pequeña venganza de dejar sin respuesta el saludo. Lejos de excusarse ante mí, Valles me aleccionó sobre las ventajas sociales de la buena educación, remontándose a la batalla en que se formuló la frase: «Tirad primero, señores ingleses.» Ahora que me veía metido en disputas y controversias públicas, solía preocuparse y decía: «Tome clase de sable, así se librará usted, a costa de un machetazo o de un rasguño, del más serio peligro de matar o ser muerto en riña.» Y me dejé llevar a una célebre Academia, donde no persistí gran tiempo en la espada; en cambio, practicábamos a menudo el tiro de la pistola y de rifle. Pero fiaba más en mi lema: «Nunca atacar sin razón y menos en los casos en que el motivo personal podía ofuscarme.» Al triunfo del maderismo, Valles se me había eclipsado y tuve que rogarle para que aceptara un alto cargo que, por consejo de varios amigos, le otorgó Madero. Sus antiguas relaciones estaban del lado contrario al nuestro; sin embargo, fue leal con nosotros en los días de prueba.
Chapultepec en el siglo XIX.
