Ulises criollo coverCAPÍTULO 106106
CAPÍTULO 106106

Las hermanas

CAPÍTULO 106106Visible text2 paragraphs
Chole seguía rezandera y triste; solterona condenada al sino de su nombre: Soledad.
Supimos un día que Concha regresaba a México, después de su noviciado en Chamartín. La destinaban al colegio del Sagrado Corazón, de Guadalajara, y a su paso por la capital la visitamos. Era la primera vez que me asomaba a un convento. La casa de Mascarones abría únicamente el postigo de su ancho zaguán; un jardín lleno de follajes ocultaba el patio; a la izquierda, un pequeño recibimiento de piso encerado y muros blancos; sillas contra la pared. Allí esperamos un instante un poco cohibidos y, por fin, apareció Concha, risueña bajo una cofia blanca, blancas las manos sobre la túnica negra. La cara la tenía sonrosada, limpio el cutis, no obstante algunas pecas. Relataba su vida en Madrid, frío el invierno. Con motivo del viaje había atravesado una sola vez la ciudad; hablaba con tono muy dulce; yo casi no podía responderle: comparaba mi vivir exaltado y la alegría de la mañana en las calles, con su vida truncada, de encierro y monotonía. Una sorda protesta contra la brutal injusticia del destino que así reparte desigualmente la dicha, me minaba el ánimo. Pensaba en lo que nos callaba, en sus horas de duda y de angustia, y luego la conformidad de lo irremediable. Una pena violenta me oprimió la garganta. En la despedida hice un esfuerzo para retener el agua que me sentía en los ojos. Apenas estuvimos afuera, dentro del auto, me eché a sollozar en pleno día, por la amplia avenida luminosa de San Cosme.