Las visitas by José María de Pereda — Read

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Si te estorban los guantes, amigo lector, puedes quitártelos; si el charol te oprime los pies, puedes sustituirle con anchas botas de becerro; si las tirillas te sofocan, aflójate sin reparo la corbata; si el _negligé_, en fin, te gusta más que el acicalamiento, adóptale enhorabuena, que la visita que vamos á hacer es de _confianza_ y admite la comodidad en todas sus formas, como no le falte el aseo.

Todos las horas del día y de la noche, hasta las diez, son hábiles para esta ceremonia, excepto la de la una de la tarde, que es la de comer, y la en que las señoritas de la casa se están vistiendo. En la primera suele transigirse algunas veces en obsequio á la _franqueza_; pero en la segunda no se abre la puerta, ni á cañonazos, especialmente á los que gastamos pelos debajo de la nariz. El tocador de una dama ha sido, es y será siempre una fortaleza inaccesible (no por ello inexpugnable); porque las mujeres, desde que la primera satisfizo aquel antojo que tan caro nos costó, han tenido, tienen y tendrán un misterio bajo cada pliegue, misterios que sólo conocen ellas y los que, por dejarse arrastrar del demonio de la curiosidad, no reparan en condiciones.

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