
Las visitas* de José María de Pereda es un cuadro de costumbres que disecciona con ironía mordaz los rituales sociales de la burguesía provincial española del siglo XIX, agrupando cuatro escenas de visita que ilustran distintas variedades de la hipocresía colectiva. El texto se abre con una reflexión del narrador sobre la naturaleza de la visita social como institución vacua: un vínculo *sui géneris* que no constituye amistad ni simple conocimiento, sino algo indefinible que obliga a cumplimientos formales sin implicar afecto real. La amistad verdadera, advierte Pereda, ha quedado reducida a papel sin valor en una época dominada por el *buen tono* y las relaciones superficiales. La primera escena presenta la *visita de rigor* entre doña Epifanía Mijo de Soconusco y doña Severa Cueto de Guzmán, dos damas adineradas del mundo provincial. Su conversación transcurre en un intercambio de elogios formales, rivalidades veladas sobre viajes a París, baños de temporada y blasones heráldicos. Doña Epifanía, casada con el prosaico don Frutos, ha intentado en vano encontrar pergaminos nobiliarios entre las facturas comerciales del marido; doña Severa, en cambio, ha llenado sus carruajes de armas copiadas del escudo del defensor de Tarifa, aunque nadie en el pueblo identifica en ellas otra cosa que enseres de cocina o herramientas de oficio. La visita transcurre sin que se diga nada sustancial, con exacto cálculo del tiempo reglamentario, y concluye con la misma frialdad ceremonial con que comenzó. La segunda escena presenta la *visita de confianza*. Doña Narcisa y su hija Carolina visitan a doña Circuncisión y sus dos hijas para anunciar el compromiso de Mercedes, hermana de Carolina, con don Simeón Carúpano: un hombre de cincuenta años, cetáceo, bajito y de pelo blanco, pero excepcionalmente rico. Doña Narcisa defiende la boda con argumentos materiales apenas disfrazados de prudencia materna. Mientras las dos señoras se intercambian cumplidos rituales, las tres jóvenes comentan en voz baja la verdad: Mercedes amaba a César, un joven apuesto pero sin gran fortuna, a quien la familia fue enfriando deliberadamente hasta que él se retiró por sentirse rechazado. Entonces, por despecho y presión materna, Mercedes aceptó a don Simeón. La escena contrapone la hipocresía del mundo adulto con la lucidez resignada de las jóvenes. La tercera escena sigue a Alfredito, pollo incipiente y vanidoso, que conoció a Luisita en una excursión en tren y ha decidido hacerle una *visita de despedida* antes de un viaje a Torrelavega. La visita resulta un fiasco cómico en grado sumo: doña Tadea, la madre, no lo recuerda en absoluto; Alfredito intenta un discurso sentimental y ampuloso que la señora corta con el pretexto de que la llama la cocinera, para ir a reírse a sus anchas. Alarmado por la hora, el joven huye sin siquiera despedirse formalmente, y al salir cruza por el corredor a una mujer desgreñada con bata y chancletas a quien toma por la criada: es Luisita. La escena desmonta con humor la ilusión romántica del galán y la distancia entre la realidad cotidiana y la imagen idealizada. La cuarta y última escena recoge la *visita de pésame* en casa de doña Casilda Guriezo, quien acaba de recibir una herencia de ciento cincuenta mil duros de un tío que murió en California y al que nunca conoció. Los visitantes guardan un silencio fúnebre e incómodo, cambian de postura, suspiran por obligación y murmuran frases vacías. Mientras tanto, por los márgenes del semicírculo, se desarrollan conversaciones sobre negocios fallidos, chismes de sirvientas y reflexiones envidiosas sobre la fortuna inesperada de la heredera. Doña Casilda llora con afectación un duelo que no siente, y solo cuando los visitantes salen a la calle se desatan las lenguas y aflora la ironía contenida. El texto concluye con los herederos cónyuges mirándose con sonrisa de satisfacción y separándose para saborear a solas el *dolor* de tan tremendo golpe. A través de estas cuatro variaciones sobre un mismo motivo, Pereda construye un retrato satírico de la sociedad burguesa provincial: sus jerarquías fundadas en el dinero, sus aspiraciones nobiliarias ridículas, su lenguaje formulario, sus afectos fingidos y su incapacidad para la autenticidad. El cuadro, escrito entre 1859 y 1860 y reconocido por el propio autor como uno de sus primeros frutos literarios, anticipa la vena costumbrista y moralizante que caracterizaría toda su obra posterior.
By José María de Pereda · First published 1864 · Genre: Satire, Social Realism, Sketch Collection · 4 chapters · 11,016 words
Ponte los guantes, lector; sacude el blanco polvo de la levita que llevabas puesta cuando _despachaste_ el último correo (supongamos que eres hombre de pro); calza las charoladas botas que, de fijo, posees; ponte _majo_, en fin, porque hoy es día de huelga, no hay negocios en la plaza y nos vamos á _hacer visitas_.[1]
Este modo de pasar el tiempo no será muy productivo que digamos; no _rendirá partidas_ para el _debe_ de un libro de caja; pero es preciso hacer un pequeño sacrificio, lo menos una vez á la semana, en pro del _hombre-especie_ de parte del _hombre-individuo_; es decir, dejar de ser comerciante para ser una vez _sociable_.
Las visitas is listed on Textopian as a short story by José María de Pereda, dated 1864 CE.
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