
«Un joven distinguido» es una pieza satírica de José María de Pereda estructurada como monólogo interior de un petimetre madrileño que veranea en Santander durante el siglo XIX. La narración arranca y concluye ante el espejo —encuadre simbólico que define al protagonista—, y consiste en el seguimiento minucioso de un único día en la vida de este galán sin nombre. El relato abre con el joven vistiéndose y admirándose con detalle obsesivo: la delgadez de sus piernas, la finura de su bigote, la palidez de su cutis, el juego del pantalón sobre los juanetes que procura disimular. Convencido de ser la cima de la elegancia masculina moderna, desprecia a los hombres fornidos del pasado y se considera exponente máximo del tipo varonil contemporáneo. Esta escena inaugural establece el tono de toda la obra: el narrador es al mismo tiempo sujeto y objeto de su propia admiración, y la ironía de Pereda consiste en dejar que el personaje se retrate solo, sin intervención autorial explícita. A continuación el joven sale a recorrer Santander con una agenda bien definida: lanzar «flechazos» a dos jóvenes santanderinas que viven en el Muelle —a quienes ya considera conquistadas—, averiguar la identidad de una misteriosa rubia vista el día anterior paseando con «las de Potosí», y reunirse con sus amigos en el Sardinero. A lo largo del paseo por la ciudad exhibe un desdén sistemático hacia todo lo que no sea madrileño: la gente que cruza la calle de San Francisco le parece vulgo; los jóvenes provincianos que intentan saludarle le resultan «pegajosos» y presuntuosos; los tranvías locales, insoportables por la «morralla» que los ocupa. Sin embargo, cuando se topa con las señoritas Cascajares, derrocha una afabilidad superficial que él mismo confunde con ingenio brillante, celebrando interiormente cada chiste mediocre que lanza a la conversación. En el Sardinero, el joven interroga a las de Potosí sobre la rubia y descubre que se trata de Lola Barrizales, hija de un amigo íntimo de su padre, recién llegada de un colegio en Alemania y ya prometida en matrimonio. El golpe a su vanidad es inmediato: fantaseaba con que aquellas miradas que ella le dirigió eran declaraciones tácitas de amor y que él habría podido «salvarla» de un matrimonio no deseado con una sola entrevista. La oportunidad perdida se convierte en una catástrofe épica en su mente. Incapaz de encajar el contratiempo con naturalidad, el protagonista lo convierte en teatro. Se sienta en la galería del Sardinero, apoya la cabeza en la mano, finge sollozar, muerde el pañuelo y clava el bastón en el suelo, todo ello con plena conciencia del efecto que está produciendo en las señoritas que le observan. La «tristeza» no nace del sentimiento sino del espectáculo: lo que le preocupa no es haber perdido a Lola, sino haber perdido la ocasión de protagonizar una historia romántica que le daría prestigio en los salones de Madrid ese invierno. Después de esta actuación, abandona la galería «muy afectado», satisfecho de lo «interesante» que ha estado, y especula con que alguien podría creer que marchó a los Pinares a quitarse la vida, lo cual —concluye— «le pondrá de moda». El cierre del relato lo devuelve al espejo, desnudándose. Allí, con la misma ligereza con que empezó el día, resuelve su situación sentimental: buscará a Lola en Madrid una vez esté casada, porque un amor contrariado es «la ambición de todo hombre de mundo». Para amortiguar la espera, recurrirá sin escrúpulos a sus ventajas físicas, al billete perfumado, al soborno, al escalamiento y hasta al rapto si fuera necesario. Lo proclama con citas teatrales sobre leones perseguidos y llamas abrasadoras, sin que la distancia entre su retórica inflamada y su realidad de joven ocioso y superficial haga mella en su autoestima. Pereda construye así un retrato de época que es también un tipo universal: el narcisista cuya percepción de sí mismo y cuya percepción de la realidad no coinciden en ningún punto. La eficacia satírica de la pieza reside en que el autor nunca comenta ni juzga; deja hablar al personaje y confía en que el lector perciba por sí solo la distancia entre la grandiosidad que el joven se atribuye y la pequeñez que sus pensamientos revelan.
By José María de Pereda · First published 1877 · Genre: Social Satire, Psychological Novel, Romantic Fiction · 4 chapters · 3,586 words
No me digan á mí (_enfrente del espejo y en ropas menores_) que aquellos hombres de anchas espaldas y robusto pecho, que gastaban gabanes de acero y pantalones de hierro colado, eran el tipo de la belleza varonil. Serían, todo lo más, forzudos; pero ¿elegantes? . ¡bah! . Hay que desengañarse: es mucho más hermosa la juventud de ahora. ¿Qué hay que pedir á esta pierna larga y delgada, como un mimbre? ¿á este brazo descarnado y suelto, como si no tuviera coyunturas? ¿y á este talle que se cimbrea? ¿y á este pescuezo de cisne? . ¡Si no fuera por esta pícara nuez! Pero se me ha corregido mucho, y á la hora menos pensada desaparece por completo. De todas maneras, la cubriré con la barba. cuando la tenga. Y en verdad que sentiré tenerla, porque con ella perderá el cutis su frescura: ¡cuidado si es fresco y sonrosado mi cutis! ¡Si estuviera la cara un poco más llena de carnes y fueran los dientes algo más blancos y menudos! . porque con estos ojos rasgados, este bigotillo de seda y este pelo negro echado hacia atrás. ¡Qué hermosa frente tengo! . Y eso que no es muy ancha. Bien. Ahora el traje _amelí_ de _negligé_. ¡Qué bien cae el pantalón sobre los pies! Me gustan estas campanas tan anchas, porque tapan los juanetes. ¡Pícaros juanetes! ¿Por qué he de tener yo juanetes como un hombre vulgar? . No sé si me ponga el sombrero de paja á la marinera, ó el de fieltro. Como es por la tarde. Me decido por el de paja.
Un joven distinguido is listed on Textopian as a short story by José María de Pereda, dated 1877 CE.
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