
El marqués de la mansedumbre* es un cuadro de costumbres de José María de Pereda que retrata con humor afectuoso y precisión etnográfica a un noble madrileño de mediana edad, soltero, metódico y ajeno a toda ambición, cuya existencia transcurre en la mansedumbre absoluta que su título nobiliario parece anunciar. El protagonista llega a los cincuenta años sin haber abandonado Madrid ni sus alrededores. Su universo se limita al Retiro, la Fuente Castellana y los paseos matinales junto al estanque de las Campanillas. Carece de esposa e hijas que lo arrastren a veraneos provinciales; su única pasión doméstica consiste en cuidar seis redomas de cristal llenas de peces de colores, a los que cambia el agua, desmiga el pan y estudia con devoción casi científica. El mar, los ríos y las praderas del Norte son para él abstracciones sin interés: el Manzanares y el Ebro no diferirán, calcula, sino en unas cuantas cántaras de agua. La apertura del ferrocarril del Norte, que enlaza en Alar del Rey con la línea cántabra, cambia su vida. Dos viajes previos a Aranjuez le han convencido de que el tren no es instrumento infalible de muerte, de modo que se arma de valor y de dinero y se planta de un tirón en Santander. La ciudad le conquista de inmediato. Desde entonces regresa cada verano con la puntualidad de un fenómeno natural. En Santander, el marqués es una figura reconocible y entrañable. En tierra, viste levita, chaleco blanco y sombrero de copa; lleva bastón, anteojos con montura de oro y una cortedad de vista que lo obliga a inclinarse sobre el agua cada vez que sigue con la vista el corcho del pescador ajeno. Porque su entretenimiento predilecto, antes de embarcar, consiste en apostarse junto a los pescadores de caña en los muelles, desde Maliaño hasta Puerto Chico, seguir cada picada con tensión de experto y lanzar un «¡bravo!» o batir sus pequeñas manos cuando el anzuelo triunfa. Los pescadores, al principio irritados por sus intromisiones, terminan tolerándolo e incluso encontrándolo «devertido y célebre». Su gran ocupación veraniega, sin embargo, es la pesca en barquía propia. Tiene reservada una embarcación limpia y bien pertrechada, con dos marineros condueños que lo conducen cada día, con independencia de los chubascos moderados, a los puntos de la bahía donde conviene según la marea. Viste entonces un amplio pajero desaliñado, impermeable y paraguas de mahón. Lleva fiambres y vino para él y los marineros cuando la marea impide regresar a comer. Admite que le ceben los anzuelos y le desengarcen el aparejo, pero jamás consiente que nadie le toque el pez que él mismo saque. Un único intento de salir a mar abierto lo corrige para siempre: apenas la barquía comienza a mecerse en el Cantábrico, «cambia la peseta» y los marineros deben devolverlo a puerto antes de que se quede entre sus manos. Desde entonces se conforma con el anfiteatro de la Pescadería para estudiar merluzas y besugos, que allí aparecen «tan cadáveres como en la plazuela del Carmen, aunque un poco más frescos». La guadañeta para maganos es su asignatura pendiente. Cada vez que sus marineros sacan pulpos con destreza, él proclama que aún no ha penetrado el misterio de esa pesca «al vuelo», que exige robar más que pescar. La naturaleza le cobra sus estudios en forma de chorros de tinta de calamar que le ennegrecen el rostro y la camisa, tizne que exhibe en el desembarcadero como trofeo de guerra, tomando las risas del público por admiración a sus proezas. Pesca poco, miente bastante sobre lo que pesca y lo que piensa pescar —debilidad universal del pescador—, y obsequia con sus capturas a las personas de su mayor aprecio. Al final del verano, cuando los noroestes cronifican el temporal y la bahía declara que no admite más bromas, el marqués gratifica generosamente a sus camaradas de campaña, carga su equipaje impregnado de brea y parrocha, y regresa a Madrid con el temor de que los meses de invierno le parezcan siglos. El retrato culmina con una escena que concentra toda la gracia del personaje: el marqués se detiene ante una tienda, ejecuta su ritual de golpecitos de bastón, carraspeos y párpados levantados, y reconstruye ante el dueño, sílaba a sílaba y gesto a gesto, la historia de una porredana de dos libras y media capturada el día anterior. No hay saludo, ni presentación, ni despedida: solo la pesca, contada como si fuera la batalla de Lepanto. Pereda construye así, sin trama convencional, el elogio de una forma de estar en el mundo: sin pretensiones, sin crueldad, sin complejidad innecesaria. El marqués de la Mansedumbre no aspira a nada que no pueda sostenerse en la palma de una mano, y en esa limitación voluntaria reside, sugiere Pereda, una especie de sabiduría silenciosa.
By José María de Pereda · First published 1877 · Genre: Literary Realism, Character Study, Satire · 2,705 words
Llegó á los cincuenta años sin haber salido de Madrid y sus contornos. El Retiro, la Virgen del Puerto, y á lo sumo el Pardo, eran para él las mayores espesuras y fragosidades de la Naturaleza. El mar podría tener, en cuanto alcanzase la vista, diez, veinte. hasta cien estanques como el _Grande_, si se quería. Estanque más ó menos, ¿qué más daba? Del Manzanares al Saja, ó al Deva, ó al Ebro, ó al Guadalquivir, habría la diferencia de algunas cántaras de agua en verano; en invierno, ninguna. En cuanto á praderas, no serían más verdes ni más extensas las del Norte que las que contemplaba él desde el cerrillo de San Blas cuando el trigo comenzaba á crecer. La temperatura estival de la corte no le afligía gran cosa, porque, además de estar formado en ella, no conocía otras más agradables.
El marqués de la mansedumbre is listed on Textopian as a short story by José María de Pereda, dated 1877 CE.
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