
«La guantería» es un cuadro de costumbres de José María de Pereda dedicado a Juan Alonso, propietario de una tienda de guantes situada en el número 9 de la calle de la Blanca de Santander. El texto, publicado originalmente en un periódico santanderino y posteriormente revisado para su inclusión en una obra que nunca llegó a materializarse, se recoge como pieza complementaria a las *Escenas Montañesas*, con el propósito de retratar un rasgo característico y popular de la fisonomía de la ciudad. Pereda estructura su descripción en torno a tres aspectos posibles del establecimiento: el monumental, el mercantil y el de círculo charlamentario. Descarta rápidamente los dos primeros —el físico por su escasa relevancia arquitectónica, el comercial por deferencia al dueño— y concentra toda su atención en el tercero, que constituye la verdadera sustancia del texto. La tienda de Juan Alonso no es, en sentido estricto, una guantería ordinaria. Es el mentidero por excelencia de Santander, el punto de convergencia de todas las clases sociales, edades, temperamentos e ideologías de la ciudad. Pereda afirma que quien no frecuenta la Guantería está condenado al aislamiento social: aparece desorientado en los salones, violento en los bailes, ajeno al pulso de la vida local. El establecimiento actúa como escuela de urbanidad, tribuna de debate y cátedra de todos los caracteres humanos. El autor articula su retrato en función del horario. Por las mañanas tempranas acuden los hombres metódicos de avanzada edad, de conversación atmosférica y municipal, que apenas se sientan y desaparecen cuando se les enfría el sudor del paseo. A las ocho y media llegan los dependientes y tenedores de libros, más desenfadados, que se sientan sobre el mostrador y hablan de muchachas ricas, loterías y romerías, hasta que el reloj del ayuntamiento les convoca a sus escritorios. Los reemplazan los desocupados de temperamento enérgico, que entran dando resoplidos y arman controversia sobre cualquier asunto, aunque acaban contribuyendo a lo mismo que denostan. Entre estos grupos se intercalan los compradores más variopintos: la fregona de Ceceñas que pide una botelluca de pachulín, la dama madura que regatea guantes oscuros mientras se queja de los que compró dos años antes, el comisionado de aldea que duda de la autenticidad de las bulas porque no entiende los números romanos, la recadista que confunde la botica con la guantería. Al mediodía, cuando regresan los que salieron a las nueve, el alboroto alcanza su cima: varias controversias simultáneas se mezclan en un clamor que Pereda compara con una jauría de sabuesos. Mientras tanto, algunas parroquianas pasean frente a la puerta esperando que se marchen los ociosos para poder entrar sin ser observadas, lo que el narrador interpreta piadosamente como señal de que traen encargos algo comprometedores o de que padecen algún defecto físico que prefieren no exhibir ante el concurso masculino. Por las tardes, la tertulia se tiñe de gravedad. Asisten el señor mayor de vuelta del muelle, el canónigo después de su chocolate, el cesante, el militar retirado, el joven juicioso obsesionado con la higiene pública, el catedrático veterano, el rentista orondo y no pocas veces el propio gobernador civil o el alcalde. La conversación es filosófica y el tono, solemne. El texto dedica especial atención a los días festivos, en los que la concurrencia desborda la tienda y se derrama por el portal y la calle. Los grupos debaten simultáneamente sobre la fusión de razas, la moda femenina, los presupuestos municipales, el matrimonio, la hacienda pública, el teatro moderno y la religión. El episodio culminante de estas jornadas es la irrupción de una pasiega robusta que abre paso a codazos para pedir una liga igual a una vieja y deshilada que saca ante el público, desencadenando un escándalo que obliga al guantero a escapar por la puerta trasera. La tienda se vacía de inmediato, pero al regresar Juan Alonso se ve de nuevo rodeado por la misma muchedumbre: la soledad le resulta más insoportable que el bullicio. Pereda concluye con una reflexión sobre la necesidad vital que el establecimiento representa, no solo para sus contertulios sino para el propio Juan Alonso, hombre retratado como el más honrado y querido de cuantos el autor conoce, capaz de simpatizar con todos los caracteres y de conseguir que todos simpaticen con él. El narrador le ruega que nunca cierre la tienda, recordando la desolación que sufrió la ciudad en la única ocasión en que la encontró cerrada durante tres días. La Guantería queda así erigida en institución moral e irremplazable de Santander, un espacio donde los futuros santanderinos deberán aprender, como sus predecesores, a ser buenos ciudadanos y mejores amigos.
By José María de Pereda · First published 1869 · Genre: Costumbrismo, Satire, Essay · 4 chapters · 6,114 words
(Á SU DUEÑO Y MI BUEN AMIGO DON JUAN ALONSO)
Á fuer de retratista concienzudo, aunque ramplón y adocenado, no debo privar á la fisonomía de Santander de un detalle tan característico, tan popular, como la _Guantería_. Mis lectores de aquende le han echado de menos en mis _Escenas Montañesas_, y no me perdonarían si, en ocasión tan propicia como ésta, no reparara aquella falla. Tómenlo en cuenta los lectores de allende (si tan dichoso soy que cuento alguno de esta clase), al tacharme este cuadro por demasiado _local_.[2]
La guantería is listed on Textopian as a short story by José María de Pereda, dated 1869 CE.
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