
Los buenos muchachos* es un cuadro de costumbres satírico en el que Pereda disecciona con bisturí irónico un tipo social perfectamente reconocible: el individuo que goza de reputación de hombre sensato, discreto y virtuoso sin merecerlo en absoluto. El narrador establece desde el primer párrafo que el lector conoce bien a esta especie, pues la ha padecido en cualquier centro civilizado. Para ordenar su análisis, distingue tres modelos según la edad: el primero ronda los cuarenta años —gordo, colorado, locuaz—; el segundo no ha cumplido los treinta y cinco —enjuto, macilento, sentencioso, marcado por algún rasgo físico inconfundible—; el tercero raya los veinticinco —rollizo, miope, parlanchín incansable—. Los tres comparten, no obstante, un repertorio de gestos idéntico: andan con mesura afectada, saludan descubriéndose por completo, buscan la compañía de personas mayores e influyentes, llevan sombrero de copa a todas horas, sacan paraguas al menor indicio de nube y guardan cama dos días al estornudar, contándoselo después a cuantos encuentran. El primer episodio concreto que Pereda ofrece ilustra su hipocresía con precisión quirúrgica. Un tal Fulano se une a un corro de murmuradores afirmando ir muy de prisa y no querer entrometerse en vidas ajenas; declara que detesta los chismes y que la reputación de una joven debe protegerse. Acto seguido, y al amparo de ese discurso moralizante, desemboca en un relato minucioso y devastador sobre la deshonra de la hija de don Geroncio, información que ha extraído de doña Severa en una conversación matutina. El grupo lo aplaude: «¡ gran muchacho!». El narrador, que ha presenciado la escena, se marcha murmurando «¡Valiente infame!», y a sus espaldas el corro lo fustiga: «¡Qué víbora! ¡Qué lengua de acero!» Pereda examina a continuación la relación del «buen muchacho» con la prensa. Aunque declara despreciarla y considera a novelistas y poetas «gente perdida», no hay periódico local que no acumule sus comunicados anónimos —firmados *Un curioso*, *Un contribuyente*, *Un vecino*— sobre asuntos de una trivialidad superlativa: un guardacantón que sobresale media pulgada, un árbol que se seca en el paseo, si el perrero de la catedral debe ir cubierto o en pelo durante la misa. Al día siguiente del *alumbramiento*, el autor aborda al primer conocido que encuentra para revelarle, con fingido rubor, que el artículo es suyo, añadiendo que lo ha escrito sin pretensión alguna y que podría haber dicho mucho más. En las juntas de acreedores o de vecinos, el «buen muchacho» espera a que los más competentes agoten la deliberación y, cuando el acuerdo está a punto de cerrarse, pide la palabra para resumir desastrosamente cuanto se ha dicho, añadir cincuenta desatinos y arrogarse la solución del problema. La asamblea lo aplaude, y al día siguiente no hay quien lo aguante: «Como yo dije, como yo propuse…» En el teatro es un censor implacable que no aplaude nada moderno, añora actores extintos y lamenta la decadencia del arte. Escuchando música, basta que alguien le pregunte su opinión para que responda que no es del arte, pero que esa partitura está tomada al pie de la letra de *Hernani*. En el paseo público lleva la contabilidad de las galas ajenas en relación con los caudales que las sustentan. La segunda parte del análisis se ocupa del poder social que confiere la etiqueta. La fama de «buen muchacho» funciona como escudo protector: si uno de ellos incurre en un escándalo, la opinión pública lo atribuye a calumnia o a la seducción ajena; si aspira a un puesto que exige experiencia, basta con que suene su nombre para que el cargo le sea concedido; si una heredera busca marido, nadie como él para hacer buena pareja. Los padres lo envidian, las autoridades lo saludan, los agentes de policía lo veneran como futuro concejal. El narrador concluye con un veredicto sin paliativos: el «buen muchacho» no es otra cosa que un quidam soberbio, entrometido, fisgón e ignorante que, con la previa advertencia de no valer nada, se mete en todas partes para imponer su razón. Sus labios no se abren jamás para elogiar, siempre para maldecir; denuncia el pecado oculto del prójimo divulgándolo; no juega, no jura, no malgasta, pero se conduele a gritos de quienes lo hacen. Y añade Pereda, con la ironía más afilada del texto, que el «buen muchacho» es además, necesariamente, tonto de remate —lo que no impide que el vulgo lo tenga por discreto, pues los ídolos del vulgo de levita nunca han sido otra cosa. El texto termina con una petición burlesca al lector: si alguna vez le cae en gracia, que le llame cualquier cosa, cualquier insulto; pero que, por lo que más quiera, no lo llame nunca *buen muchacho*.
By José María de Pereda · First published 1862 · Genre: Satire, Social Commentary, Character Study · 3 chapters · 7,454 words
Lector, cualquiera que tú seas, con tal que procedas de uno de ésos que llamamos _centros civilizados_, me atrevo á asegurar que estás cansado de codearte con los personajes de mi cuento.
Así y todo, pudiera suceder que no bastase el rótulo antecedente para que desde luego sepas de qué gente se trata; pues aunque ciertas cosas son en el fondo idénticas en todas partes, varían en el nombre y en algunos accidentes exteriores, según las exigencias de la localidad en que existen.
Los buenos muchachos is listed on Textopian as a short story by José María de Pereda, dated 1862 CE.
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novela realista · siglo XIX · literatura española · prosa narrativa · ficción realista · crítica social · desarrollo de personajes · análisis psicológico · costumbrismo · drama social · vida cotidiana · valores morales