
El tirano de la aldea* es un esbozo costumbrista de José María de Pereda, publicado originalmente en *El Imparcial* y recogido posteriormente en volumen, que desmonta la idealización romántica de la vida rural para retratar con ironía y denuncia una figura específica: el secretario del ayuntamiento en los pequeños municipios del norte y occidente de España. El texto arranca refutando la creencia, común entre los desencantados de la civilización urbana, de que el campo ofrece paz espiritual y armonía. Pereda concede que el aldeano escapa a los vicios propios de la ciudad —la política, la prensa, las industrias—, pero advierte que carga con sus propias cruces: las pasiones, las deudas, los pleitos con el vecino y, sobre todo, una calamidad singular que el habitante urbano desconoce por completo: el secretario de su ayuntamiento. El narrador distingue cuidadosamente entre el secretario honrado, propio de municipios grandes donde el cargo está bien remunerado y hubo competencia entre aspirantes, y el tirano que protagoniza el esbozo: un indígena del lugar, menos dado al trabajo agrícola que sus convecinos, díscolo y turbulento, dotado de buena letra y de cierta habilidad con los números, que accede al cargo por no haber otros pretendientes y acaba convirtiendo su posición en una tiranía omnímoda. Nadie sabe con exactitud cómo llegó a ese puesto; lo cierto es que de la noche a la mañana los vecinos se hallaron atados a su voluntad como el pollino al árbol de la noria. Su poder descansa en una acumulación de funciones que ningún mecanismo institucional frena. Preside de hecho el ayuntamiento, cuyos concejales —labriegos rudos e ignorantes— firman como autómatas cuanto él les presenta. Actúa también como secretario del juzgado de paz, cuyo juez apenas sabe firmar y delega en él la palabra, el razonamiento y la sentencia. Ejerce asimismo de notario informal, redactando contratos de compraventa y testamentos *in articulo mortis* ante testigos que firman a ciegas. Controla al guarda del monte, lo que equivale a controlar el monte mismo. Tiene además bajo su influencia al médico titular, al maestro de escuela y hasta al párroco, a quienes amenaza con movilizar al ayuntamiento contra ellos si no le tributan parte de sus emolumentos o guardan silencio sobre sus actividades. El esbozo detalla con minucia sus métodos de expolio. El más elaborado se despliega durante la época de quintas, cuando el servicio militar obliga a los mozos sorteados a presentarse ante el Consejo provincial. El secretario se acerca a las familias de dos mozos enfrentados —uno declarado libre, otro soldado— y a cada una le vende la promesa de que su asociado en la capital, un bribón de siete suelas que actúa como falso intermediario, puede torcer el resultado favorable. Extrae así dinero de ambas partes, sabiendo de antemano que uno de los dos ha de ser soldado irremisiblemente. Las familias quedan convencidas de que los miembros del Consejo provincial son todos venales, sin sospechar que el único ladrón ha sido el secretario. Variantes del mismo esquema se aplican a mozos con defectos físicos evidentes, a quienes se hace creer que hasta un jorobado corre riesgo de ser declarado útil si no paga. En los juicios de faltas, el secretario inventa cargos absurdos contra vecinos indefensos, los abruma con citas de leyes reales o inventadas, les hace creer que corren riesgo de presidio y cobra una multa extrajudicial antes de que el asunto llegue a instancias superiores. Los pocos que se atreven a apelar sufren represalias que disuaden a los demás: el señorón que protege al secretario desde la ciudad puede torcer la vara de la justicia, y se ha dado el caso de que un juez de primera instancia perdiese el destino por revocar una sentencia inicua. En los testamentos, el secretario se presenta a la cabecera del moribundo con papel en mano, doblega su voluntad, llama a siete testigos avisados de antemano y cobra seis duros por sus derechos. En el monte, hace talar árboles sanos que el guarda certifica como caídos y los remata en concejo a precio irrisorio, sin que nadie ose pujar. Al médico le exige dos mil reales de los diez que le paga el pueblo; al maestro, parte del maíz que recauda; al cura, silencio bajo amenaza de expediente. El retrato se completa con una muestra de su prosa administrativa —un informe plagado de barbarismos y redundancias cómicas: «ranas cuadrúpedas», «peces acuáticos de ambos sexos»— que subraya la paradoja central del personaje: es, simultáneamente, el mayor pillo del contorno y el mayor bruto. El esbozo concluye con una interpelación directa a los gobiernos de turno, a quienes Pereda reprocha su empeño en controlar la adhesión política de los ayuntamientos rurales mientras ignoran sistemáticamente el expolio que los secretarios ejercen sobre los campesinos. La solución que propone es sencilla: enviar a presidio a los secretarios ladrones y a los señorones que los amparan. Los pueblos, asegura, seguirían en tropel a cualquier gobierno que lo hiciera.
By José María de Pereda · First published 1876 · Genre: Social Satire, Essay, Social Criticism · 4 chapters · 7,996 words
Cándidos hay todavía que creen que existe sobre la tierra algún rinconcillo donde es posible la paz del espíritu, y, como consecuencia inmediata, el perfecto equilibrio de los humores.[3]
Las grandes pasiones, los choques infinitos de los múltiples elementos y encontradas tendencias que constituyen la vida social en los grandes centros de población, aturden al hombre pacífico y sedentario.
El tirano de la aldea is listed on Textopian as a short story by José María de Pereda, dated 1876 CE.
This source record anchors work identity, reading entry points, and catalog context for checking claims about the work.
narrativa española · novela realista · siglo XIX · vida rural · aldea · poder y autoridad · personajes complejos · drama social · costumbrismo · Cantabria · conflicto interpersonal · sociedad rural