
«Las de Cascajares» es un cuadro de costumbres de José María de Pereda que traza el retrato satírico de una familia de nueva riqueza madrileña durante su estancia veraniega en Santander. El señor de Cascajares es un banquero o hacendado de fortuna considerable que, aunque carece de título nobiliario, se distingue por su apellido y su dinero. Diputado a Cortes cuantas veces lo desea —siempre a cambio de apoyar a cualquier gobierno de turno—, su verdadera relación con el poder pasa exclusivamente por el Ministerio de Hacienda. Habita en Madrid un espléndido palacio en el Paseo de Recoletos o una elegante casa en la calle de Alcalá, según la versión que circula entre quienes vienen a veranear. La familia al completo comprende a la señora, tres hijas solteras, dos hijos varones y una nutrida servidumbre: doncellas, criados para los señoritos, un sotamayordomo, lacayos y un cocinero negro. En julio, toda esta comitiva se traslada a Santander, donde ocupa un piso amueblado por el que paga ocho mil reales mensuales con la obligación de abonar ese importe aunque no lo habite los dos meses convenidos. La mudanza desde la estación dura día y medio: mundos, baúles, cajas, maletas, mantas, bastones y paraguas inundan la vivienda hasta el salón de visitas. El disgusto principal de las hijas —a quienes el narrador designa colectivamente como «las de Cascajares»— es no haber conseguido alojamiento en el Sardinero, donde reside «toda la más encumbrada aristocracia»: las de Himalaya, las de Tenerife, las de Potosí, las de Chimborazo. Privadas de esa vecindad, se consideran «sin sociedad». Se quejan además del calor, aunque el termómetro marque veinte grados, frente a los cuarenta y uno que dejaron en Madrid a la sombra. Han logrado alquilar un carruaje que las lleva por la mañana al baño y por la tarde a pasear al Sardinero, pero por lo demás se las halla poco en la calle; cuando aparecen, caminan con pereza, miran con hondo disgusto y responden a los saludos con un lánguido cabeceo que parece desmayo. Lo habitual es encontrarlas en el mirador, envueltas en bata transparente y hechas un racimo, contempladas desde la acera de enfrente por una guardia de honor de jóvenes enclenques y escrofulosos que exhiben puños de camisa y retuercen el incipiente bigote en señal de cortejo. Pereda subraya que las de Cascajares no son bellas, pero sí «distinguidas» —categoría inventada en tiempos democráticos para designar lo que no es vulgo sin ser aristocracia de sangre, sino de aire—. Esa distinción obra en el pueblo un efecto inmediato y grotesco: las santanderinas las imitan con fidelidad servil. Cualquier extravagancia en el atuendo —moño sobre los riñones, pispajo de tul en el cogote, pelo sobre los ojos, vestido partido en dos colores, collar de rollos de canela— se justifica con la fórmula «lo llevan mucho las de Cascajares y en Madrid hace furor». El fenómeno se reproduce entre los hombres, que también tienen sus Cascajares distinguidos que los inducen a ponerse bragas descomunales o levitas sin solapas ni faldones. Los retratos individuales completan el cuadro. El hijo diplomático nunca sale de Madrid pero figura siempre en activo en una embajada de primera categoría, cobra su nómina y es autoridad reconocida en asuntos de moños y vestidos, más versado en modas que en protocolos. El hijo menor, que ya pasa de los veinticinco años, no ha elegido carrera: frecuenta el Veloz-Club y el Casino, pone cien onzas a una sota sin que le tiemble el pulso, se levanta a las dos de la tarde, marcha de noche a la ruleta o a «la timbirimba más fuerte» y regresa a las tres de la madrugada tropezando, viendo estrellas aunque el cielo esté nublado. El padre, en cambio, pasea solo por el barrio del Alta, madruga, se acuesta temprano y apenas ve a su familia salvo a las horas de comer; sabe que todos están sin novedad y no se mete en más honduras. Las de Cascajares asisten a los bailes campestres elegantemente vestidas pero con mal gesto, bailan poco o nada, son las últimas en llegar y las primeras en retirarse, y suspiran a menudo por «aquel Biarritz de su alma», donde todo es chic y confortable. Santander, declaran, «no las hace felices». A mediados de septiembre se empacan de nuevo los equipajes. La familia regresa a Madrid habiendo devuelto apenas diez de las veinte visitas que debía, con lo que deja tras de sí las maldiciones de las diez familias burladas y, en su lugar, el recuerdo perdurable de su distinción: un modelo que las señoras pudientes de Santander se afanarán en copiar en el vestir y en el andar, y que las cursis más inocentes intentarán remedar sustituyendo las sedas frescas y turgentes por marchitos tafetanes y endurecidas percalinas.
By José María de Pereda · First published 1877 · Genre: Satire, Social Realism, Comic Fiction · 2,035 words
No es aristócrata por la sangre, ni siquiera tiene un título nobiliario de los de nuevo cuño; no por haber llegado tarde al reparto de ellos, sino acaso por distinguirse más, llamándose á secas _el señor de Cascajares_.
El cual es un banquero, ó hacendado, ó contratista de _alto bordo_, muy rico, según la fama, que reside en Madrid, en donde, al decir de los que de allá vienen á pasar las vacaciones de verano, habita espléndido palacio en el paseo de Recoletos, ó elegante casa en la calle de Alcalá ó en la del Barquillo.
Las de Cascajares is listed on Textopian as a short story by José María de Pereda, dated 1877 CE.
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