Un sabio

Un sabio de José María de Pereda (1877)

«Un sabio» es un cuadro de costumbres satírico en el que José María de Pereda construye el retrato burlesco de un joven pedante que llega a Santander cargado de jerga filosófica y pretensiones intelectuales que no resisten el menor examen. El personaje central —designado genéricamente como «el sabio»— es un tipo reconocible de la España decimonónica: un joven que ha frecuentado brevemente las aulas krausistas de Madrid y regresa a la provincia convencido de poseer la clave de la ciencia moderna. Desde su llegada proclama en tertulias y corrillos que España es un país de estúpidos, que ningún montañés conoce la «telematología» ni la «filosofía del sentimiento estético en sus relaciones con la actividad del yo pensante», y que los hombres ilustrados de la región siguen oyendo misa, lo cual considera prueba irrefutable de su atraso. Pereda sitúa a este personaje dentro de un fenómeno más amplio: el siglo XIX, heredero de la filosofía ilustrada del XVIII, ha disuelto la fe sin reemplazarla por ninguna convicción sólida, y ha generado una legión de zánganos intelectuales que, incapaces de elaborar pensamiento propio, van absorbiendo retazos de filosofía heterodoxa, política radical y religión alternativa, y los mezclan en un coctel indigesto que expelen sin pudor allá donde encuentren tres personas dispuestas a escucharles. El «sabio» encarna exactamente esa figura. Niega con indignación todo lo sobrenatural del catolicismo —milagros, Trinidad, premio y castigo tras la muerte— mientras se declara al mismo tiempo espiritista convencido y afirma pasar largas horas en conversación con el espíritu de Confucio o el de Sancho Panza a través de sesiones de mediumnidad. Abraza el darwinismo y proclama con orgullo que el hombre desciende del mono, sin percibir el abismo lógico que ello abre en su propio sistema: cada vez que la argumentación tropieza con un vacío insalvable, el personaje lo cubre con una palabreja rimbombante —«antropoides», «schema», «arquitectónica de la ciencia moderna»— y salta por encima satisfecho. En el terreno literario e histórico, el «sabio» demuestra idéntica suficiencia. Concede a Cervantes cierto mérito relativo, teniendo en cuenta la oscuridad de su época, pero lamenta que le faltara la «filosofía de la estética»; despacha a Colón, a san Agustín (al que despoja de la santidad por no creer en brujas), a Raimundo Lulio y a Balmes con adjetivos como «candorosa ignorancia», «espíritu mezquino» y «charlatanería», y en cambio halla sublimidad metafísica en las coplas de Mingo Revulgo. Políticamente, el personaje se ha iniciado en una logia masónica bajo el nombre de «Wamba» y ha jurado ciega obediencia a un superior desconocido —lo cual Pereda subraya como paradoja flagrante en alguien que proclama la libertad absoluta del pensamiento como su bandera—. Su aspiración es seguir «las corrientes de la idea nueva» hasta donde lo lleven los huracanes de su razón sin trabas. El narrador construye el retrato con ironía sistemática, dejando que el propio personaje se descalifique a través de sus contradicciones: rechaza lo sobrenatural y frecuenta espiritistas; exalta la razón libre y jura obediencia ciega; desprecia los libros siguiendo el consejo de un catedrático que le dijo que «cada filósofo debe construir su propia ciencia sin abrir una obra», y por eso ni siquiera conoce la gramática castellana. La pedantería del personaje no es fruto de un exceso de saber, sino de una ignorancia que se ignora a sí misma. El texto concluye con una pregunta retórica sobre el destino de este mozo: en Madrid, al Ateneo, si se le cree; en Santander, a difundir la luz, a tomar el aire y, muy frecuentemente, a la ruleta. Pereda cierra con la predicción de que, si no se cura, acabará en el Limbo, «mansión adonde van a parar los que en vida tuvieron la enfermedad debajo del pelo». El cuadro es, en suma, una sátira del intelectualismo de pacotilla propio del liberalismo progresista de la Restauración, enfrentado desde la óptica tradicionalista y católica que caracteriza toda la obra de Pereda.

By José María de Pereda · First published 1877 · Genre: Satire, Social Commentary, Realism · 3,144 words

First lines

Al siguiente día de su llegada á Santander, ó acaso sin sacudirse el polvo del camino, dase á conocer en tertulias y corrillos diciendo, con la mayor impavidez, que España es un país de estúpidos, y que la capital de la Montaña es el último rincón del país, puesto que no hay un solo montañés que conozca _la telematología_, ni la _filosofía del sentimiento estético en sus relaciones con la actividad del yo pensante, en, dentro, sobre, sobre en y por debajo de la conciencia universal_. Pero esta ignorancia no le sorprende en un pueblo en que _todavía_ oyen misa los hombres que se llaman ilustrados, y desconocen á _Jeeéguel_ (muy arrastrada la J) ó Hegel, como decimos las personas vulgares.

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