
Brumas densas* es una estampa costumbrista de José María de Pereda que presenta en galería simultánea dos tipos sociales complementarios, ligados entre sí como cerezas de un mismo ramillete, cuya verdadera naturaleza permanece velada bajo apariencias engañosas hasta que la justicia los descubre. El primer tipo es un mozo de estampa llamativa: pedrería en los dedos, en el pecho, en la leontina y en el anillo que recoge su chalina; traje de lanilla flamante, sombrero pajero calado sobre los ojos, largo cigarro en boquilla retorcida y junco flexible en la mano diestra. A primera vista parece un petimetre de cierta posición, aunque mirado con atención carece del aire distinguido que el adorno pretende simular: tiene juanetes, manos ásperas y gruesas, cara demasiado redonda y pómulos pronunciados. Su comportamiento obedece a una lógica peculiar: de día frecuenta los lugares más concurridos —puertas de cafés, iglesias, teatros y plazas de toros—, arrimado a las jambas, lanzando espirales de humo y observando con mirada fija pero poco noble a cuantos entran y salen; de noche, en cambio, su andar se vuelve más resuelto y prefiere las calles solitarias y sombrías, donde desaparece durante largas horas. Llega a Santander unos días antes de las ferias y corridas de toros, y la fecha de su marcha depende enteramente de los agentes de la autoridad: se va cuando la policía está a punto de echarle la mano encima mientras pone la suya sobre el reloj de su prójimo, mientras hace trampas en un garito desvalijando incautos, o mientras tantea los fondos de la caja del Banco. El segundo tipo se presenta como un caballero venido a menos. Todo en él es negro: la raída levita, la deshilada corbata, los relucientes pantalones, el chaleco, la descuidada barba, los ásperos mechones de pelo y las punzantes uñas largas. Ni siquiera la camisa blanquea. Los únicos tonos menos oscuros son los zapatos y el sombrero, pardos sin llegar a grises. No se esconde en callejuelas apartadas ni trabaja encorvado sobre herramienta tosca; al contrario, se pasea con descaro entre la concurrencia de calles y paseos, luciendo su mugriento equipaje como una protesta desvergonzada y lanzando miradas punzantes a los transeúntes, como si le debieran la camisa limpia. Un rasgo lo identifica sin posible error: durante los aguaceros más violentos del estío, cuando las calles se convierten en torrentes y todo el mundo se pega a las fachadas, un solo mortal cruza impávido la plaza en chancletas, con las manos en los bolsillos y la cabeza hundida entre los hombros sin paraguas. Sus visitas son de dos clases. Las ordinarias consisten en presentarse en casas ajenas con voz trémula y un leve olor a aguardiente, declarándose un desgraciado de brillante pasado —exrentista arruinado por las bajadas de los fondos públicos y las convulsiones políticas— que implora veinticinco duros para los baños medicinales de su señora enferma y para no ser expulsado de su buhardilla por el casero. La respuesta habitual del visitado es darle media peseta para librarse del trance. Las visitas extraordinarias, bastante más productivas, se producen cuando corren rumores de pronunciamiento o conspiración política. En esas ocasiones el tipo se transforma: llega con desenvoltura de hombre que tiene mucho que ofrecer, se presenta como emisario llegado clandestinamente del extranjero donde se fragua la conjura, afirma conocer los detalles más reservados —emperadores implicados, generales comprometidos, fragatas de guerra, el monto exacto del anticipo exterior para la causa— y solicita dos mil reales para continuar viaje a Madrid y sobornar a un maquinista de ferrocarril que debe despeñar un batallón leal al gobierno. El político ilusionado corre a reunir el dinero entre sus correligionarios, añade de su bolsillo una suma adicional en señal de distinción, y entrega el total convencido del triunfo inminente del partido. Al cabo de unos días, la crónica local recoge una noticia breve: la policía ha hecho una redada de ladrones que intentaban forzar el escritorio de un comerciante o la caja del Banco. Entre los detenidos se reconoce al petimetre de la pedrería, habitual de puertas de café, y al mugriento exrentista que visitó a media ciudad pidiendo anticipos. Pereda cierra el cuadro con una punzante nota irónica: pese al tropiezo carcelario, el verano siguiente ambos tipos reaparecerán en Santander, puntuales como la estación, dispuestos a recoger su agosto. La pieza despliega la maestría descriptiva de Pereda para retratar la fauna social de la ciudad veraniega, combinando la observación minuciosa del detalle físico con una ironía sostenida que denuncia la credulidad de los incautos y la impunidad práctica de los timadores. La densa bruma del título alude precisamente a la opacidad moral que permite a estos personajes circular sin ser reconocidos, confundidos entre la respetabilidad que simulan.
By José María de Pereda · First published 1883 · Genre: Costumbrismo, Satire, Social Criticism · 3,226 words
Éstos son dos, y cada uno de ellos pudiera pedir un cuadro aparte; pero es de saberse que siempre que trato de sacarlos del fondo de mi cartera, al tirar del uno hacia arriba, sale enredado el otro con él; de donde yo deduzco que son tal para cual, y uno en esencia, aunque dos en la forma.
Tiro, pues, de ellos, agarrando á tientas, y ahí tienen ustedes al primero.
Brumas densas is listed on Textopian as a short story by José María de Pereda, dated 1883 CE.
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