Un despreocupado

Un despreocupado de José María de Pereda (1877)

«Un despreocupado», de José María de Pereda, es un cuadro de costumbres que retrata con precisión irónica a un tipo humano universal: el hombre sin raíces ni atributos sobresalientes que, sin embargo, resulta imprescindible allí donde aparece. El personaje carece de nombre propio verdadero: se llama Galindo, o Manzanos, o Cañales, siempre a secas, sin nombre de pila que nadie recuerde ni él mismo use. Es de escasa estatura, aspecto vulgar, maneras afables sin afectación, y posee esa peculiaridad de parecer siempre joven hasta morirse de viejo. Llega cada verano a la ciudad costera con la puntualidad de las golondrinas, es recibido en todas las tertulias como si se le esperara desde siempre, y se convierte al instante en el alma de cualquier reunión. No es elocuente, ni poeta, ni artista, ni sobresale en nada concreto. Pero tiene un poco de todo, y sobre todo tiene el arte de desplegarlo en el momento exacto. Si falta pianista, toca de oído lo que se necesita. Si hay que cantar, suelta un par de canciones picarescas que alborotan la reunión. Si la gente se aburre, reanima los ánimos con anécdotas de Calcuta o Constantinopla, con mentiras verosímiles sobre las mujeres del Cáucaso, con habilidades manuales como fabricar catedrales de papel o siluetas de sombras en la pared. Su cara impasible —su «cara de vaqueta»— hace imposible distinguir la verdad de la mentira en su boca, y él no se molesta en aclarar la diferencia. Conoce a todos los veraneantes de vista y de trato: sabe sus rentas y sus deudas, su vida en Madrid, a quién corteja quién y con qué resultado, qué mueve a cada ministro y por qué cayó tal personaje político. Sus explicaciones nunca coinciden con las del vulgo; siempre son particulares, microscópicas, personales. Con los cómicos y los toreros se tutea y habla de la escena o del ruedo con la autoridad de quien los dirige. Ante cualquier rareza que exhiban los demás, él saca de su bolsillo algo más extraordinario: un anillo cuya piedra es, según él, hígado de cocodrilo endurecido al sol en Pekín; una bolsa hecha de tripa de un indio medio devorado por un tigre en una cacería a la que asistió. Físicamente es indestructible: nunca se constipa, jamás se queja del estómago, come cuanto le pongan si lo invitan, y si no, es sobrio y metódico. No viene a bañarse, sino a veranear, y vive en una fonda o casa de huéspedes en la ciudad, no en los hoteles del Sardinero, aunque conoce a todos sus habitantes con pelos y señales. En agosto se escapa a las corridas de Bilbao; en septiembre organiza su marcha combinándola con las ferias de Valladolid y la apertura de los teatros de Madrid, donde pasa el invierno de un modo que nadie alcanza a precisar. Su patria y su familia son un misterio permanente, pero nadie pregunta por ellas, y Pereda señala el porqué con nitidez: en cuanto Galindo tuviera patria conocida, familia y nombre completo como cualquier otro nieto de Adán, dejaría de ser Galindo y perdería su condición de figura universal. Es precisamente esa indeterminación —esa falta de anclaje en lugar, origen o especialidad alguna— lo que le otorga su valor y su encanto. El «despreocupado» del título no alude únicamente al carácter desenfadado del personaje, sino a su radical desapego de todo aquello que define y limita a los demás hombres: la cuna, el solar, la profesión, la pertenencia. Galindo pertenece a todas partes porque no pertenece a ninguna, y Pereda construye con él una figura que trasciende lo anecdótico para convertirse en símbolo de un tipo humano atemporal: el hombre sin biografía que vive de la sociabilidad pura.

By José María de Pereda · First published 1877 · Genre: Character Study, Social Satire, Social Commentary · 2,321 words

First lines

Se da un aire á todos los hombres que conocemos ó recordamos, de escasa talla, comunicativos, afables sin afectación ni aparato, limpios y aseados, que siempre parecen jóvenes y llegan á morirse de viejos sin que nadie lo crea, porque hasta el último instante se les ha llamado _muchachos_ y por tales se les ha tenido; hombres, por el exterior, insignificantes y vulgares hasta en el menor de sus detalles; hombres, en fin, de todos los pueblos, de todos los días y de todas partes.

Se llama Galindo, ó Manzanos, ó Cañales, ó Arenal. ó algo parecido á esto, pero á secas; y á nadie se le ocurre que tenga otro nombre de pila, ni él mismo le usa jamás.

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realismo · novela · siglo XIX · literatura española · estudio de caracteres · crítica social · psicología humana · irresponsabilidad · sociedad española · comportamiento · moral · observación narrativa

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