
«La mujer del ciego ¿para quién se afeita?» es un ensayo moral y costumbrista de José María de Pereda que desmonta, con ironía escéptica y argumentación sistemática, la tolerancia social ante la conducta pública de la mujer casada entregada a la vanidad y a la búsqueda de admiración. El texto arranca con una reflexión sobre la adaptabilidad humana: el hombre se acostumbra a todo, al duelo, a la ruina, al destierro. Esta misma plasticidad, argumenta Pereda, lleva a la sociedad a aceptar como naturales ciertos absurdos peligrosos. El más llamativo de ellos: mientras a la hija soltera se la vigila, restringe y somete a mil cautelas, a la esposa se le concede libertad absoluta para moverse, vestir, brillar y recibir galanteos en paseos, salones y espectáculos, con pleno consentimiento —y a menudo con orgullo— de su marido. Pereda formula entonces su pregunta central: ¿para qué se adorna la mujer? Establece un diálogo imaginario con ellas: responden que por amor a lo bello, por «parecer bien». Pero él insiste: «parecer bien» ante los hombres produce en estos un deseo. Luego la mujer casada que exhibe sus gracias públicamente, aunque no lo persiga deliberadamente, da al menos ocasión al asedio. Eso, concluye, es lógica pura. A continuación traza el retrato del tipo que le sirve de ejemplo: la mujer «de moda», presente en todas partes menos en su casa, que explota cada estación, cada acto social y cada prenda de vestir para hacerse notar. Su ambición es pasar de ser una señora a ser simplemente «Fulanita», citada con esa llaneza por pollos, cursis y periodistas de provincias. Para alcanzar esa consagración, tolera a los admiradores necios y transige con los más tenaces, poniendo en juego, a sabiendas, el arsenal de sus atractivos. Pereda desmonta las dos aseveraciones con que estas mujeres se defienden. La primera —que se visten y exhiben por puro amor a la moda, sin otra intención— queda refutada al demostrar que quien emplea la atracción masculina como arma principal en la lid social no puede ignorar el efecto que produce, aunque lo calle. La segunda —que aun conociendo ese efecto, ni su honra ni la de su marido corren peligro— se destruye con tres apoyos. Primero, la lógica: la que tiene por oficio resistir asedios corre el riesgo de sucumbir; el propio marido lo reconoce implícitamente al poner guardián a su hija. Segundo, la autoridad de Balzac: el abandono de los deberes domésticos es señal infalible de que la mujer está resuelta a profanar la fe conyugal. Tercero, Cervantes: «La buena mujer no alcanza la buena fama solamente con ser buena, sino con parecerlo»; y más contundente aún: «Mucho más dañan a la honra de las mujeres las desenvolturas y libertades públicas que las maldades secretas.» El argumento de remate es demoledor: los propios admiradores de esas mujeres, preguntados en privado si las elegirían por esposas, responden que no. Ergo, todos saben lo que está en juego, incluidas ellas. En cuanto al marido, el daño es correlativo: a medida que el nombre de la esposa gana celebridad, el del marido desaparece. Termina siendo «el marido de Fulanita de Tal», un nadie cuya única función reconocida es pagar los dispendios de ella. Pereda cierra, no obstante, con una salvedad que evita el extremo contrario: no propugna la esclavitud de la mujer ni su reclusión perpetua. Su fórmula es la de la condesa Dash: cumplidos los deberes de esposa —la atención al hogar, a los hijos, al marido sobre todo— puede la mujer disfrutar cuanta libertad social guste. Una mujer discreta, en su tocador, hallará que «para asearse, todo le parecería poco; para pintarse, todo le parecería mucho». El ensayo concluye volviendo a la paradoja inicial: el hombre, legislador egoísta de las costumbres, ha promulgado una ley que cae sobre su propia cabeza. Sin explicación racional posible para tan inaudita mansedumbre, Pereda remata con el apotegma latino: *Quos Iuppiter vult perdere, dementat prius*.
By José María de Pereda · First published 1874 · Genre: Social Satire, Essay, Social Commentary · 5,429 words
Es evidente que el hombre se acostumbra á todo.
Ama con delirio á su esposa, á su hijo, á su madre: cree que si la muerte le arrebatara el objeto de su amor, no podría sobrevivirle; y llega la muerte al cabo, y le lleva la prenda querida. y no se muere: la llora una semana, suspira un mes, viste de luto un año; y con el crespón que arranca de su sombrero á los trece meses, desarraiga de su pecho el último recuerdo doloroso.
La mujer del ciego ¿para quién se afeita? is listed on Textopian as an essay by José María de Pereda, dated 1874 CE.
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