El maniquí de mimbre by Anatole France — Read

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El señor Bergeret abandonó el paseo por no aguantar el viento del Norte, que lo combatía sobre la tierra helada bajo los olmos deshojados, y se encaminó hacia la cuesta Duroc. Por la calzada ponía el pie sobre los pedruscos desiguales; más allá de la fragua del herrador de la vaquería, en cuya pared hay pintadas con bermellón dos vaquitas, y de los bajos muros de las huertas, iba derecho a un límite borroso, que cerraba el horizonte con una sombra violácea. Después de preparar la décima y última lección acerca del octavo libro de la Eneida, repasaba maquinalmente de memoria las particularidades métricas y gramaticales que habían merecido fijar su atención, y ajustando la cadencia de sus pensamientos a la de sus pasos, repetíase acompasadamente, al andar, estas palabras: Patrio vocat agmina sistro… Pero con frecuencia, en su imaginación curiosa y varia, surgían apreciaciones críticas algo extemporáneas. Le abrumaba la retórica militar de aquel octavo libro y le parecía ridículo qué Venus entregase a Eneas un escudo cuyos relieves representaban escenas de la historia romana desde su principio hasta la batalla de Actium y la huida de Cleopatra. Patrio vocat agmina sistro. En la glorieta de las Zagalas, que domina el monte Duroc, frente al ventorrillo del tío Maillard, sucio, desierto, cerrado y lóbrego, se le ocurrió que los romanos, a cuyo estudio consagraba su vida, eran insoportables por su énfasis y su insuficiencia. Con el progreso de las edades y del gusto, solamente le parecían admisibles Catulo y Petronio; pero ya no tenía más remedio que insistir en la senda que se había marcado. Patrio vocat agmina sistro. «Virgilio y Propercio -reflexionaba- dan a entender que el sistro, cuyas notas agudas acompasaban las danzas frenéticas y piadosas de los sacerdotes egipcios, era también la música de los marinos y de los guerreros. Y no se concibe».

Al bajar por el camino de las Zagalas dejó a su espalda el monte Duroc, y se sintió de pronto envuelto en un ambiente suave. Por aquella parte se hundía el camino en un terreno calcáreo, donde arraigaban con dificultad pequeñas encinas. Al abrigo del viento, bajo el sol de diciembre, que lucía en el cielo sin fulgores y sin lumbre, repitió el catedrático plácidamente: Patrio vocat agmina sistro. Sin duda, Cleopatra escapó de Actium hacia Egipto; pero escapó burlando a la flota de Octavio y de Agripa, que pretendía cerrarle el paso.

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