Explore "El maniquí de mimbre" by Anatole France on Textopian. Read with annotations and highlights.
Por ser el primer día de año, el señor Bergeret, desde que se levantó, se puso la levita, que se había deslucido ya mucho, y sobre la cual se reflejaba la claridad mustia de un día nublado con tonos cenicientos. Las palmas de oro pendientes del ojal por una cinta morada brillaban chillonamente, como si pregonaran que no era quien aquello lucía caballero de la Legión de Honor. Envuelto en aquella ropa, sentíase más que nunca pobre y desmedrado. Su corbata blanca le parecía un pingajo miserable, y es cierto que su blancura dejaba mucho que apetecer. Cuando hubo luchado vanamente con la pechera de su camisa, se convenció de la imposibilidad absoluta de mantener sujetos los botones de nácar en los ojales ensanchados por el uso. Esto le afligía: lamentaba no ser un hombre de buena sociedad; sentóse, y meditó:
«¿Hay, realmente, una sociedad escogida y hombres de buena sociedad? Me parece que lo llamado "buena sociedad" es algo como esas nubes de oro y de plata suspendidas en el azul del cielo. A distancia, brillan; pero si estuviéramos dentro, nos parecerían sólo una oscura niebla. En realidad, las agrupaciones sociales son muy confusas. Agrúpanse los hombres con arreglo a sus prejuicios y a sus gustos; pero los gustos combaten, con frecuencia, los prejuicios, y el azar lo arrolla todo. Sin duda, una buena fortuna y el ocio de que se acompaña determinan costumbres y un género de vida especial. La característica de los hombres de buena sociedad se reduce a manifestaciones de cortesía, a cuidados higiénicos y a ciertos ejercicios inútiles. Hay, pues, costumbres de buena sociedad, pero sólo son exteriores, y por esto más divertidas. Hay modales y palabras de buena sociedad, pero no hay almas de buena sociedad. Lo que nos caracteriza: pasiones, ideas, ternuras, no puede llevar el sello de la buena sociedad, que no se refleja en lo íntimo, en lo profundo, en lo verdaderamente humano».