Explore "El maniquí de mimbre" by Anatole France on Textopian. Read with annotations and highlights.
Al salir de la casa de su decano, el señor Bergeret encontró a la señora de Gromance, que volvía de misa, y le alegró un tanto el encuentro, porque la presencia de una hermosa mujer será siempre considerada como una buena fortuna para un hombre honrado. Al catedrático le parecía aquella señora la más apetitosa de las mujeres, y le agradecía que se vistiera con un arte docto y discreto de que ninguna otra supo hacer gala en la ciudad; le agradecía que al andar cimbreara su talle flexible con el contoneo de sus caderas robustas, imágenes de cuya realidad no disfrutaba el pobre humanista oscurecido, pero cuyo recuerdo le permitía ilustrar oportunamente un verso de Horacio, de Marcial o de Ovidio. Le agradecía que fuese para todos agradable y que derramara un perfume de amor a su paso. En lo íntimo de su naturaleza también le agradecía la generosidad voluptuosa de su temperamento, aun cuando no se prometiese compartir aquellas dichas con los favorecidos. Falto de toda clase de relaciones con la sociedad aristocrática, nunca la trató, y sólo por una casualidad imprevista, en las fiestas de Juana de Arco, y después de la cabalgata, le presentaron a ella en la tribuna del señor de Terremondre. Por lo demás, como el señor Bergeret era un hombre culto y tenía la intuición de lo armónico, no deseaba siquiera proximidades halagadoras; dábase por satisfecho, al encontrarla casualmente, con admirar aquella deliciosa figura, y también le agradaba recordar cuanto en la librería de Paillot se dijo de sus ligerezas. Por esta razón, le debía ratos agradables y le profesaba una especie de gratitud.
En la mañana de aquel primer día del año, apenas la vio salir del pórtico de San Exuperio, con una mano empleada en recoger el vestido, que así dibujaba la suave flexión de la rodilla y la otra en llevar un voluminoso devocionario con tapas de tafilete rojo, el señor Bergeret le rezó una breve oración mental, para agradecerle que fuera un goce delicado y la fábula encantadora de la ciudad. A su paso, mientras la contemplaba, tradujo su pensamiento en una sonrisa.