Explore "El maniquí de mimbre" by Anatole France on Textopian. Read with annotations and highlights.
El señor Bergeret releyó los pensamientos de Marco Aurelio. Simpatizaba mucho con el esposo de Faustina. Sin embargo, advertía en aquella obra un sentimiento de la Naturaleza tan falso, una física tan deplorable, un desprecio tal de las caridades que no pudo saborear a su placer toda su grandeza. Leyó enseguida los cuentos del señor de Ouviüe y los de Eutrapel; inmediatamente leyó Cymbalum, de Desperiers; Les matinées, de Choliére, y Les serées, de Bouchet. Esta selecta lectura le satisfizo. La consideró más apropiada a sus circunstancias y, por consiguiente, más edificante, a propósito para comunicar una tranquilidad serena, una celestial placidez a su alma. Y dio gracias a los amables narradores que, desde la Mileto antigua, donde ya fue conocido el cuento del cubero, hasta la Borgoña salada, la dulce Turena y la grasienta Normandía, enseñaron al hombre la risa bondadosa y dispusieron a la plácida indulgencia los corazones irritados.
«Esos narradores -pensaba- que hacen fruncir el entrecejo a los moralistas austeros, a su vez son moralistas excelentes, a los que debemos admirar y bendecir por haber insinuado lindamente las soluciones más sencillas, más naturales, más humanas, a domésticas dificultades, que los orgullos y los odios encendidos en el corazón fiero del hombre pretenden resolver con el asesinato y la destrucción. ¡Oh narradores milesianos!… ¡Oh sutil Petronio!… ¡Amable Noel-du-Fail! ¡Oh precursores de La Fontaine!