Ángel Guerra coverSubcapítulo 1
Subcapítulo 1

Parte 3: Tercera Parte · Capítulo 2: Casado Confesor y Consejero

SUBCAPÍTULO I

Subcapítulo 1Visible text2 paragraphs
Dieron tierra al inocente D. Tomé poco antes de las doce de un día espléndido, sin una nube en el Cielo, día primaveral, risueño y consolador que se metía por los poros y por los sentidos, alegrando sangre y alma, y fortificando las fuentes de la vida. Aun dentro del cementerio no resultaba triste la mañana. Cantaban los pajarillos sobre las sepulturas, y en las abiertas y vacías se colaba el sol vivificador como si de broma quisiera enterrarse. La caja que guardaba el cuerpo seco y frío de D. Tomé cayó en lo profundo silenciosa, y se agazapó allí dentro como en un nido, que había de ser eterno. Los que conocían bien al muerto se figuraban a éste gozoso en el acto de recibir encima la sábana de tierra y abrigarse con ella. No se oyeron lástimas tiernas ni suspiros hondos. El sacristán de las monjas echó de menos un ramo de azucenas en las manos yertas del difunto.
Guerra y Casado salieron. El segundo no podía estar triste, aunque las conveniencias se lo ordenaran, y la mascarilla fúnebre, de rúbrica en todo entierro, se le iba cayendo a cada paso que daba hacia la ciudad. A los doscientos pasos, ya la mascarilla se había desprendido enteramente del rostro feo, que por compensación era simpático, y fiel espejo reproductor de las alegrías de la Naturaleza. Atravesando el Campo de tiro en dirección a Merchán, entablaron un diálogo memorable del cual no conviene perder punto ni coma.