Subcapítulo 4
Parte 3: Tercera Parte · Capítulo 6: Final
SUBCAPÍTULO IV
Subcapítulo 4Visible text2 paragraphs
Aquel perro que ladraba en Turleque tuvo en gran inquietud durante más de una hora al anciano cigarralero de la finca; el cual, sin moverse de su cama, no hizo más que manifestar a la cigarralera sus temores de merodeo de legumbres. Librada expresó su asentimiento con atronadores ronquidos. Los apóstoles, Virones, D. Pito y demás huéspedes no interrumpieron en toda la noche su plácido reposo. El primero que descubrió la tragedia de Guadalupe fue un mozo de Turleque, llamado Evaristo, que al levantarse a la alborada, echó de menos la petaca que le había dado el amo. Recordó que la tarde anterior, hallándose en el corral de Guadalupe después de sacar agua del pozo, había obsequiado con un pitillo a Virones, dejando la petaca sobre la piedra del lavadero, con intención de recogerla luego. Fue allá, y al pasar por frente a la puerta de la cocina, notó que no estaba cerrada. Un impulso inexplicable determinó en él la acción de empujarla y mirar para dentro. ¡Santo Cristo de las Aguas! Lo primero que vio, a la incierta claridad del día que apuntaba, fue la cara de Jusepa estampada en la pared, los ojos como huevos, fijos en la puerta, la cabeza dislocada, formando ángulo recto con el tronco yacente. El terror le hizo ver la cara a dos varas del cuerpo.
Pasado el primer espasmo de miedo, el pobre chico apretó a correr hacia Turleque dando voces. Virones salió a su encuentro. Confusión, gritos, tumulto. En cuatro zancajos, D. Eleuterio llegó a Guadalupe; tras él fueron Mateo, el cigarralero y otros, y la espantosa vista de Jusepa les dejó perplejos y aterrados. «¡El amo!» gritó Virones corriendo hacia arriba. Viéronle en el suelo, atado a la cama, pero ya con los brazos libres, pues forcejeando toda la noche había conseguido desligarlos de la faja que por la espalda se los sujetaba. «Estoy vivo» murmuró Guerra al ver entrar el tropel de sus amigos; y ya no dijo más, desvaneciéndose en los brazos amantes que le desligaron y le tendieron en el lecho, casi caliente aún del infame cuerpo de Arístides. La consternación no permitió a los de Turleque determinar nada en los primeros momentos. Unos opinaban que el amo estaba muerto, otros que vivía. Le desnudaron; vieron la terrible herida del costado, y los coágulos de sangre en la ropa. Recobrándose de nuevo, Ángel repitió con voz apenas perceptible: «Estoy vivo».
