Explore "Guardia blanca" by Sir Arthur Conan Doyle on Textopian. Read with annotations and highlights.
PENSANDO iba Roger que ni podía regresar á Belmonte en el término de un año, ni asomar por las inmediaciones de la casa paterna sin que su atrabiliario hermano le echase los perros encima; y que por consiguiente se hallaba en el mundo á la ventura, sin saber qué hacer y harto escaso de recursos para continuar viajando y gastando, sin oficio ni beneficio. Con los diez ducados de plata que el buen abad había depositado en su escarcela podría vivir escasamente un mes, pero no doce. Su única esperanza era reunirse cuanto antes á los dos camaradas por quienes sentía el afecto que ellos también le habían mostrado. Apretó pues el paso, y corrió á trechos, comiendo el pan que llevaba en el zurrón y apagando la sed en los cristalinos arroyos que halló á su paso.
Al cabo de una hora tuvo la fortuna de alcanzar á un leñador que con su hacha al hombro llevaba la misma dirección que él, lo que le evitó perder más tiempo y aun extraviarse en los numerosos senderos que cruzaban el bosque. No fué muy animada la conversación entre ambos, pues el leñador sólo platicaba sobre asuntos de su oficio, la calidad de tales ó cuales maderas y las reyertas entre trabajadores de éste ó aquel villorrio, al paso que Roger no podía apartar de su imaginación el recuerdo de la encantadora desconocida. Tan distraído y preocupado iba que su compañero acabó por callarse, hasta que torció á la izquierda por el sendero de El Castañar, dejando á Roger en el ancho camino de Salisbury.