Lucio Tréllez by José Ortega Munilla — Read

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Yo bien quisiera que las cosas hubieran ocurrido una tras otra, para que ahora no tuviese yo que hacer, al contarlas, sino tirar del hilo del tiempo, como tiraba Rosario del hilo de su labor de crochet, al deshacer una estrella, en cuyas últimas vueltas se había equivocado. Pero cuando Rosario deshacía su estrella de hilo, era ocho días después de los sucesos que antes se han narrado. Descansad un cuarto de hora con el libro cerrado, y suponiendo que en esos quince minutos han transcurrido ciento noventa y dos horas, reanudad la lectura, si es que no habéis aún desistido de darla término donde la relación acabare.

Se ha dicho que Rosario trabajaba en su obra de crochet: así es la verdad. Sentada en una banqueta, delante de un pequeño cestillo de mimbres, en el que se movía el ovillo cuando las manos de él tiraban, hallábase sola en su gabinete. Una ventana tenía éste y daba al patio interior de la casa, frente por frente de los cuatro balcones de la sala de los pasantes. Vestía Rosario ya el traje de luto. Pendientes negros colgaban de sus menudas orejitas, y un alfiler de azabache prendía, donde nace la curva hermosísima del seno, el pliegue de una pañoleta de merino. Por bajo de ella salían los brazos largos y gruesos en cuyos bellos contornos parecía tener parte el cincel de Fidias o Canova. Su rostro densamente pálido, era más precioso que con los colores de la alegría y de la salud; diríase una lámpara de alabastro, cuya interna luz un soplo del viento hubiese apagado. El supremo reposo de las facciones no se alteraba, y sólo los hechiceros labios salían de la fila a que la disciplina del dolor sometió aquella cara, adelantándose con un mohín semidivino. Cuando oyó que tiraban de la campanilla (ya habían dado las cuatro) y escuchó el pisar conocido de unos pies que cruzaban la galería, su rostro se alegró, pero la aguja de crochet siguió metiéndose en el enredijo del hilo. No tardó mucho, sin embargo, en alzar el rostro y mirar por la ventana, en la que una cortina de tela persa flotaba, hinchándose al soplo del viento, como se hincha la vela del buque, y dejando ver un pedazo de las fronteras ventanas. Miró, decimos, y vio en la habitación que por la ventana se descubría la parte superior de una cabeza pelada al rape, inclinada sobre una mesa, en la que escribía, sin duda, la persona correspondiente.

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