Explore "El zarco" by Ignacio Manuel Altamirano on Textopian. Read with annotations and highlights.
Nicolás, apenas libre, voló a Yautepec. ¿Qué había pasado allí durante su corta ausencia? ¡Temblaba de pensar en ello! Incomunicado rigurosamente desde que salió de Yautepec hasta que fue puesto en libertad, nada había podido saber acerca de la suerte de doña Antonia, ni de Pilar, pero apenas pudo comunicarse con algunos de los vecinos de Yautepec, que habían acudido a hablarle, cuando supo que la infeliz madre de Manuela, demasiado débil para resistir tantos golpes, había caído en cama, atacada de un violento acceso de fiebre cerebral. Era muy posible que la pobre señora hubiera sucumbido. ¿Y Pilar? Indudablemente la bella y buena joven habría prodigado toda especie de cuidados a su madrina; era seguro que no se habría separado un solo instante del lecho de la enferma que, abandonada tan miserablemente por su hija, se encontraba, sin embargo, rodeada de gentes bondadosas y caritativas, pero sobre todo de aquel ángel, que más que su ahijada, parecía ser su verdadera hija, heredera de su virtud, de su sensatez y de su noble carácter.
Pero en el seno de aquella familia improvisada por la desgracia, junto al lecho de aquella anciana moribunda, hacía falta un hombre, un apoyo, una fuerza que infundiera aliento a los demás y proveyese a las necesidades que siempre aumenta el desamparo. Y ese hombre, ¿quién podía ser sino él, Nicolás, el hombre a quien aquella virtuosa señora había escogido para su yerno, y había amado como a un hijo suyo, el que, a su vez huérfano desde su infancia, había concentrado en ella todo su afecto filial? ¡Cómo le habría buscado la enferma en su delirio! ¡Cómo habría también Pilar invocado su nombre en silencio, deseando verlo a su lado, en aquellos momentos de horrorosa angustia! Este último pensamiento era, en medio de su ansiedad, como una gota de néctar que caía en su corazón que rebozaba amargura.