Explore "De tal palo, tal astilla" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Ya que en Valdecines estamos, y de noche y con luna, hemos de dar un vistazo a la botica. Porque en Valdecines había, a la sazón, y habrá hoy probablemente, su poco de botica, de la cual se surtían, en los trances muy apurados de la vida, hasta siete pueblos de tres leguas en contorno. «Su poco de botica», dije, porque, en rigor de verdad, la de Valdecines no era botica por entero. Por de pronto, el boticario, hombre que ya pasaba de los sesenta, así manejaba la espátula en su laboratorio, como el zarcillo en la huerta, o el hacha en el monte cuando le pedían muy caro por bajarle un carro de leña, pues como él decía al tachársele estas inconveniencias profesionales, los tiempos corrían apurados, el arte no lucía, y la familia, femenina, sin una sola excepción, abundante y, desacomodada, a eso y a mucho más le obligaba., por ejemplo, a ser industrial con matrícula, sin dejar de ser científico con real diploma; razón por la que, en el no muy holgado local de la botica, lo mismo se despachaban píldoras y vomitivos, que sogas de esparto, clavos de ripia y jabón de Málaga; de donde resultaba, a creer a los marchantes, que las medicinas de aquella botica supiesen a especies y bacalao, y a cerato y a valeriana los comestibles de aquella tienda. Y como entre la mesa de la oficina y el mostrador no había solución de continuidad, en ausencia del boticario despachaba las recetas aquella de sus hijas que estaba de turno en el mostrador; y por el contrario, en ausencia de la hija, servía el farmacéutico a los parroquianos de la tienda.
No faltaba quien, en el pueblo y fuera del pueblo, murmurase de estas informalidades en el trascendentalísimo manipuleo de los jaropes; pero a esas murmuraciones respondía el farmacéutico, con muchísima razón, que la culpa estaba en los mismos murmuradores que se resistían a pagar, por todo un año de asalareo, más de dos celemines de maíz, o veinte reales en dinero. ¡Vaya usted por todo ese tiempo y esa cuota a surtir de medicamentos a una familia entera, y oblíguese, con las ganancias, a tener mancebo que le supla en ausencias y enfermedades! ¡Gracias si de sus preparados contra lombrices y jaldía, en los cuales achaques era el tal farmacéutico un especialista de cierta fama, sacaba un adarme de jugo para endulzar los amargores de su penuria! Y gracias también a que, con el sistema de don Lesmes, apenas despachaba en el pueblo más que recetas de zaragatona. Lo cual no le impedía acribillar al pobre cirujano con zumbas y dicterios muy a menudo.