De tal palo, tal astilla by José María de Pereda

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Ya he dicho que Fernando fiaba mucho en la fuerza de sus convicciones filosóficas para desvanecer los reparos de Águeda. Que le dejaran hablar, discutirlos, y el triunfo era infalible. Porque, en su concepto, las ideas religiosas de aquélla no tenían base ni arraigo; eran, más bien, reflejo de las ideas de su madre, que quizá tampoco las tuvo propias acerca de ese punto. Faltaba ya la madre y, por consiguiente, no existía el doble influjo de su autoridad y de su talento; y Águeda le tenía extraordinario, y además le amaba como nunca; porque el mismo obstáculo que entorpece los proyectos, hace que se acrecienten los deseos. De todas maneras, no podía resignarse a perderla, y no la perdería.

«¡Si parece -pensaba- que el mundo está lleno de ella! ¡La siento, la veo en el aire que respiro, en el agua que corre, en la hoja que se mueve, en la nube que cruza el espacio, en el viento que la empuja, en la luz que ilumina y fecunda la Tierra, en mi pensamiento, en mi voluntad y en todas las aspiraciones de mi alma! Unidos están nuestros corazones, acordes nuestros deseos, una misma fuerza nos da vida. ¡Sólo nos separa una palabra, expresión confusa de una idea más vaga todavía!. ¿Cómo es posible que este grano de arena obstruya tan ancho camino?».

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