Explore "De tal palo, tal astilla" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
¡Qué vuelta la de Fernando a su casa! Llevaba una tempestad dentro de la cabeza; y parecíale que aquella tempestad le arrastraba por sendas y parajes desconocidos. El sol esplendoroso derramaba sobre el paisaje torrentes de colores y de vida; y él, sin embargo, veíase envuelto en una nube negra, preñada de horrores y tristezas; el campo no tenía matices ni aromas; los árboles no mecían su follaje ostentoso al blando soplo de la brisa; más bien gemían desnudos como si los fuera deshojando el cierzo de sus pesadumbres. Llegó a la hoz, y féretro se le antojó a su fantasía; canto funerario el lento murmurar del río, y eco de los suspiros de sus marchitas esperanzas el triste quejido del pájaro solitario; y como su imaginación era reflejo de las impresiones de su alma, hasta las peñas, entre arbustos y zarzales, le remedaban con insultante propiedad las hinchadas narices, los punzantes ojos y la infernal sonrisa de don Sotero, que se gozaba en su agonía; y ¡cosa más extraña aún!, por una caprichosa combinación de sentimientos y de ideas, todo este conjunto de objetos, de sonidos, de formas y de colores, venía a delinear la imagen fiel de Águeda inexorable, desoyendo los gritos de su corazón y lanzándole, solo y desarmado, a luchar contra el imposible de su conflicto. Recordaba todas las palabras que oyó de sus labios, como si estuviera oyéndolas todavía; y al pretender despojarlas, con el examen, de la aspereza de su rigor, los negros crespones de su espíritu les daban el color de la muerte y el amargor de la duda.
No supo cuándo, ni cómo, ni por dónde llegó a casa, ni por qué se fue derecho al cuarto de estudio del doctor, ni cuánto tiempo estuvo dando vueltas allí, sin advertir que éste le contemplaba y le seguía con anhelante mirada, en la cual se pintaban a la vez la curiosidad del médico y las angustias del padre.